domingo, 26 de abril de 2009

Caso aislado

Desde el mes de diciembre del año pasado me he estado enfermando de una gripe muy latosa. Nunca me ha gustado gastar dinero en doctores ni en medicamentos, y contrario a las indicaciones de todo el mundo, me automedico frecuentemente, utilizando antibióticos de vez en cuando, y analgésicos las más de las veces. Cuido, sin embargo todo aquéllo que entra en mi cuerpo procurando no abusar de nada, y usar la medicina de farmacia sólo como último recurso. Así es que a través de los años, mis males se han curado con tés, jugos y alimentos que recomiendan las abuelas desde tiempos inmemoriales: los médicos no me caen muy bien -qué ironía-.

Aunque últimamente la edad me ha pasado factura de varias cosas, y he tenido que cuidar mi salud con más detalle aún contra mi voluntad; las gripes son cosa de todos los años y nunca me han preocupado de más. Cuando una gripe me ataca, me pongo "flojita y cooperando", me entrego a ella y le digo "haz conmigo lo que quieras". Confío en mis anticuerpos y los dejo hacer su trabajo eliminando al virus y sus efectos en menos de una semana. Me ayudo con jugo de naranja, agua de limón y tés con miel. Hasta ahora me ha dado resultado.

Dice mi madre que no hay mejor cura para ciertas enfermedades comunes, que "el remedio de no te hago caso", y miren que lo he comprobado, pero eso no pasa así con la mayoría de la gente, que está muy paranoica por todos lados, se le ha inyectado una cultura del miedo en dosis muy pequeñas con el paso del tiempo, así es que de un momento a otro, cuando anuncian que una Gripe Mutante ataca a la Ciudad de México, no pasan ni veinticuatro horas y ya todo el mundo trae cubrebocas, no sale de casa y procura no tocarse ni besarse más que lo estrictamente necesario.

Yo no sé, pero la situación que se ha dado desde la noche del jueves pasado y hasta el momento en mi querido terruño, me parece un fenómeno digno de estudio.

Sin ir muy lejos, en casa lavamos cobijas, sábanas y desinfectamos todo con cloro cual si se tratara de luchar contra una bomba biológica (y lo justifico porque las gripes sufridas por los miembros de la familia habían tenido síntomas nunca antes sentidos), pero luego de tomar las precauciones mínimas, me preparé para salir a la calle. Estaba puestísima para ir a un espectáculo de cabaret que tenía muchas ganas de ver, y mi acompañante decidió quedarse en casa por miedo de traerle el virus a su familia. Me quedé frustrada por no tener carro, vivir lejos del teatro y guardada en casa. Ahí me enteré de que las clases se suspenderían por semana y media en todos los niveles educativos de la ciudad, que se cerrarán teatros, cines y museos, y que se cancelarán eventos masivos como partidos de soccer, conciertos y hasta las misas.

Me quedé en shock porque ahora que podría aprovechar que las calles están vacías, no puedo ir a un museo porque hasta va a haber operativos para asegurar que nadie salga si no es urgente. Inclusive se autoriza entrar a las casas en algunos casos, según lo que escuché en el comunicado.

No sé qué opinen, pero con la poca información que poseo del asunto, considero que es un plan muy macabro. Debe haber algo de cierto en lo de la dichoza Influenza Porcina (un virus que atacaba a los puercos y que mutó para infectar a los humanos, lo cual se ha vuelto mortal en algunos casos documentados), pero también hay mucho de manipulación política y de cosas raras. Se acercan las elecciones para diputados federales, y es mucha casualidad que sabiendo de la existencia del virus desde el año pasado según gente cercana que trabaja en hospitales, sea hasta este momento que se haya informado, y que se hayan tomado estas medidas tan drásticas para protegernos de algo que está cobrando dimensiones épicas con la opinión de la OMS y otras instancias externas.

Y es que hay muchas formas de amarrar a la gente: declarar cuarentena en la población por algo que aparentemente no es tan grave, atrapa tanto a los hipocondriacos como a los perezosos, que ahora tienen el pretexto idóneo para no asistir al trabajo, pero ponen en aprietos a otras personas que tendrán que cubrir doble turno, encargar a sus hijos a ver dónde o viajar en el transporte público teniendo asco de todos. A ver, ¿por qué no pararon las actividades productivas? Si el asunto fuera tan grave, lo harían. Esto huele más a un experimento social, algo que tenga que ver con el comportamiento de la gente en situaciones de crisis, medir el nivel de obediencia y las reacciones de las masas. Los comunicadores parecen cortados con las mismas tijeras, y el manejo que hacen de la información, realmente apesta.

Poco a poco irán saliendo esas cosas que están detrás de la Influenza y el pánico que ha causado en los habitantes de la capital y otros estados, pero de momento aunque parezca que sólo estoy especulando, basta con ver a los hijos pequeños de mis vecinos, jugando a que "ahí viene el virus", la aparición de cada vez más anuncios en la tele sobre productos de higiene y antibacteriales, la negativa de la gente a querer salir a cualquier lado, la cobertura especial en los noticieros, la escasez de cubrebocas, y su venta abusiva hasta en cincuenta pesos, cuando su costo promedio es de 3 a 10 pesos; para darse cuenta de que hay muchas cosas más allá de una bien intencionada acción para protegernos del contagio y prevenir gastos mayores por parte del gobierno.

Por lo pronto quedan todavía nueve días de cuarentena, toque de queda o como prefieran llamarle. Ya veremos cómo avanza, mientras tanto escuchen esto que han dado en llamar la Cumbia de la Influenza, una reacción más divertida a la situación que se está viviendo en el Distrito Federal, ciudad que cariñosamente llamamos Chilangolandia, y en donde surgen ideas desde lo más profundo de las cloacas.

domingo, 19 de abril de 2009

LA SONRISA DE MONA LISA

Debido a la gran cantidad de visitas que ha recibido esta entrada con la búsqueda del tema de "Análisis de La Sonrisa de Mona Lisa", me permito hacer una importante...
ACLARACIÓN:
Si consultas este análisis para alguna tarea, puedes tomar extractos SIEMPRE CITANDO LA FUENTE, POR FAVOR.
No te acostumbres a robar ideas.
GRACIAS
ANÁLISIS PERSONAL DESDE LA ORIENTACIÓN EDUCATIVA

Desde la primera vez que vi la película de Mike Newell (2003), se convirtió en una de mis favoritas, a pesar de que Julia Roberts es una de las actrices que menos me gustan del cine hollywoodense. La razón por la cual me gustó es porque el personaje principal es un retrato fiel de una persona que sale de la facultad con ganas de transformar el mundo en que vive, a través de la educación.

Enfrentarse a un mundo de apariencias después de lo estudiado supone un choque muy fuerte: uno se enfrenta al monstruo de realidad que representan las instituciones, y por lo regular éstas no siempre reflejan la realidad de sus estudiantes.

En la mayoría de los casos, tal como se menciona en la cinta, los jóvenes pueden “oler el miedo” de quienes se plantan por vez primera ante un grupo desconocido, y pueden ser muy crueles y arrogantes con los profesores. Es una suposición primaria el imaginar que quienes van a tener la labor de educarnos, deben contar al menos con una preparación aceptable y un carácter bien forjado para que sean capaces de encarar el reto. Cuando una persona adulta con cualquier título de autoridad, llámese orientador, maestro o cualquier otro, se da cuenta a primera vista de que la inteligencia o la perspicacia de los estudiantes supera sus expectativas, el golpe es para ambas partes: por un lado la figura de autoridad deberá mantenerse firme en su posición y no demostrar que fue sorprendido o lastimado; y por otro, los estudiantes pueden tener reacciones diversas hacia quien flaquea ante ellos, mismas que van desde la indiferencia hasta el desafío.

En una situación como esta, la mayoría de las decisiones tomadas por Katherine Watson (Roberts), coincidieron con las que yo en lo personal habría tomado, como interesarse por conocer los expedientes personales de sus alumnas para empaparse más de quiénes son, y el llevar contenidos innovadores o darles un giro que se acerque más a su contexto y sus intereses.

No obstante, los contenidos propositivos no siempre son aceptados por los directivos o los mismos compañeros de trabajo, llegando a provocar desconfianza o burla por parte de quienes desconocen los fundamentos en que se basan. Un ejemplo claro dentro del filme se da cuando en la junta de profesores, nadie comprende por qué ella sostiene que Picasso influiría en la historia de la pintura del mismo modo en que Miguel Ángel lo había hecho en su tiempo. Los argumentos que le dan son elitistas y herméticos, dejando claras las reglas e ideología de la institución, así como el lugar de obediencia que como empleada debe mantener.

Por otro lado algunos alumnos nos retarán, no habrá empatía, y algunas acciones que lleguemos a emprender podrían atentar contra los principios morales de algunas personas, como en el caso de la enfermera al repartir pastillas anticonceptivas. Aún suceden cosas en la actualidad como se menciona en la cinta: “Demasiada independencia los espanta”.

Uno de los maestros le recomienda a la protagonista que para sobrevivir en el Instituto, el truco es no llamar la atención. Y efectivamente es más fácil adaptarse y mantenerse al margen de lo establecido, que mantenerse fiel a un ideal y cuestionar las cosas. No hay que olvidar que los padres de familia poseen también cierto poder institucional (asociaciones de padres, patronatos, etcétera) y tanto ellos como sus hijos tienen el derecho de ejercerlo, ya sea que lo hagan por causas justas o bien movidos por intereses personales.

Hay lugares, como el colegio de la película, en donde no se dan muchas oportunidades de crecer, en donde se colocan muchas etiquetas a quien presenta un modo de pensar distinto a lo acostumbrado, y en donde, como continúa diciendo el maestro, se llega al punto en que no se sabe quién protege a quién de qué. Las reglas pueden ser ambiguas, contradictorias, y en marcos similares uno puede fácilmente hacer especulaciones sobre lo que otros piensan, sienten o necesitan, como en el momento en que Watson le facilita a una alumna la solicitud de ingreso a Yale por creer que es lo mejor para ella.

Este tipo de especulaciones pueden tener que ver con nuestra propia historia personal, con nuestros propios intereses y nuestros propios prejuicios, mismos que pueden llevarnos a cuestionar mal las cosas. Particularmente en una labor de Orientación, uno puede confundirse al querer ayudar a otros, ya que es posible que en realidad queramos ayudarnos a nosotros mismos, tal como ocurre con Watson. En mi caso tal vez habría sucumbido igual, a la tentación de decidir por ellos, pero por ello la historia es aleccionadora, y deja varios puntos a la reflexión como el hecho de que la convivencia con los jóvenes es divertida pero nunca deja de ser comprometedora, y también el hecho de que hay gente a quien le gusta vivir engañada, lo sabe, pero lo prefiere, como en el caso de su compañera de cuarto, a quien tampoco puede ayudar a salir de su encierro y de su soledad.

La frase que una de sus alumnas le da al justificar el no haberse inscrito en Yale puede resumir muy bien el mensaje: “No todos los que yerran van a la deriva”. Cada quien es dueño de su propia vida y decide qué hacer con ella. No podemos cambiar al mundo, es verdad, ni siquiera podemos cambiar a una sola persona. No pretendamos entonces hacerlo, sólo ayudar a quien así lo pida.

Finalmente mis escenas favoritas son cuando Watson ha decidido marcharse del Instituto y todas sus alumnas le regalan una versión personal de Los Girasoles, luego de que ella criticara la masificación del arte de Van Gogh. Ellas le demostraron que cada quien puede tener una versión distinta de su propia vida, y cada uno de los cuadros podía ser bello y valioso sin importar que se hubiera basado en una obra maestra que ya se había vuelto comercial. Ello supone una gran lección para la maestra, que se da cuenta de lo cerrada que había sido ella misma al tener que enfrentarse con un mundo aparentemente retrógrada, pero funcional.

Lo significativo de los rituales sociales persiste aún en nuestros días, y temas como el matrimonio, la familia feliz, los roles de género y el estereotipo de la mujer, van a estar siempre presentes en las sociedades de una u otra forma, por lo cual es muy difícil cambiarlos. En la parte final de los créditos, los comerciales televisivos de los años cincuentas no son muy diferentes a lo que podemos ver en pleno siglo XXI.

Lo que sí podemos hacer es abrir una especie de ventana, como en la escena del cuadro de Jackson Pollock. La profesora dice algo como “Ni siquiera les tiene que gustar, sólo considérenlo. Háganse un favor: cállense y miren...”. Esa es otra de mis escenas consentidas, pues las estudiantes parecen mirar extasiadas algo que para su época era considerado muy feo y de mal gusto, se estaban dando la oportunidad de conocer otras opciones, movidas por la motivación de la maestra, cuya convicción artística era tan fuerte que no puso en duda el valor del cuadro.

Lo mismo puede ser aplicable a los valores, las teorías y los métodos. Cuando uno está convencido y defiende férreamente la verdad de su valía, puede ser que alguien decida ponerse nuestros anteojos y regalarnos al menos el beneficio de la duda. Si bien no siempre acabarán en final feliz las historias negativas que podamos experimentar en el trabajo, siempre habrá una posibilidad de aprender algo bueno de ello.

domingo, 5 de abril de 2009

¡Dale, dale, dale!

(Breve estudio antropológico de una fiesta infantil)

El día de ayer acudí a una fiesta de niños. No importa tanto quién la organizó, de quién era el cumpleaños o los chismes menores a que podría referirme, sino la cantidad de cosas interesantes que sobre el ser humano y las tradiciones mexicanas reaprendí con mi asistencia a regañadientes.

Yo no sé si fue la tremenda gripe que se ha ensañado con mi vida últimamente, que me mantuvo alejada de la gente en el papel de mera observadora, lo que me hizo tener los ojos más alertas que de costumbre a todo cuanto pasaba a mi alrededor. Resignada a no poder abrazar a los sobrinos, amarrada a un paquetito de Kleenex y sonándome los mocos a cada rato, me dispuse a mantener mi virus fuera de la burbuja social.

Esto fue sólo el comienzo, ya que el no acercarme a saludar a medio mundo, o marcar distancia con la mano estirada, me hizo parecer que iba en plan de diva, ganándome así murmullos y miradas desconfiadas de la gente que no comprende que saltarse un protocolo tan simple como saludar de beso, no siempre obedece a actitudes mamonas, sino a precauciones más nobles.

Después de eso me dispuse a ver el show del mago, que por cierto, me cayó muy mal. Como cuatro veces se refirió a sus jóvenes ayudantes diciendo "Ya ven que los niños con Síndrome de Down sí sirven para algo". Me pareció una barbaridad. Por fortuna no había nadie con tal defecto genético en esa fiesta, pero creo que el maguito debería cuidar su lenguaje para no llegar a ofender a nadie.

Creo que de sus chistes sólo se reían quienes iban con la plena convicción de que tendrían que reírse, gente a la que le gusta que la entretengan, y de quienes mi poca disposición a la comedia esa tarde, no lograba comprender sus carcajadas. Lo único lindo de todo fue la inocencia de los niños, en su mayoría preescolares, que se creían las gracias del mago y se sorprendían con sus trucos...si bien sigue sin gustarme que utilicen animales para hacer lucir los actos, sé lo bien que eso vende entre los niños pequeños.

La hora de la comida llegó entonces: efectivamente había más adultos que menores, devorando en pantagruélica algarabía las carnitas que los anfitriones ofrecieron a sus invitados, y que mi falta de olfato me impidió degustar con la alegría que hubiese deseado.

Con la barriga inflada de tan masoquista alimentación, con los labios hinchados por abusar de lo picoso de la salsa, y uno que otro cinturón desabrochado para dejar escapar el gracioso eructo, así terminó la mayoría de la gente contagiándome el sopor de la sobremesa, que duró un tiempo incalculable, mientras yo me concentraba en mirar la diferencia de clases que se veía en los niños que brincaban en el castillo inflable. Tal diferencia no estribaba en las marcas de los zapatos que había en el suelo, y de los cuales tenían que despojarse para no romper el juguetote, sino más bien en el comportamiento que daba cuenta no de su estrato social, sino de su educación. En tal cosa radica la clase, en mi muy personal punto de vista.

La hora de la piñata, sin embargo, fue lo más interesante. Como siempre, es el momento cumbre de toda fiesta, luego de hacer algún intento, fallido o no, por estampar la cara del festejado o festejada sobre el pastel, y cantar Las Mañanitas en el entendido imaginario de que si no se canta, no se tiene derecho a una rebanada.

Pero el golpear a la piñata es un éxtasis no sólo para los niños que descargan su natural violencia contra una materia que no siente, sino también para algunas madres de familia, que parecen no haber tenido infancia. Nunca falta un grandulón o grandulona que no ha comprendido lo ridículo o ridícula que puede verse al lado de los pequeños que temen el momento en que lluevan dulces, a sabiendas de que serán masacrados por quienes actúan como si llovieran pepitas de oro.

Para quien no sepa de lo que estoy hablando, ésta tradición navideña se ha extendido a casi todo tipo de fiestas en donde haya niños involucrados, particularmente cumpleaños. Se trata de una figura de barro o cartón, a la cual se le dan golpes con un palo de madera hasta que se rompe y deja caer su contenido al suelo. Generalmente son dulces, fruta o juguetes.

Lo que no me gusta de esto, es que la gente se avalanza como si en ello le fuera la vida, madres de familia incluidas, con un pie adelante para agandallar cualquier cosa que puedan recoger para sus polluelos -o para ellas mismas, si es que son golosas- y si a la dichosa figura se le cae un brazo o una pierna de cartón, corren a recoger la basura como si se tratara de la última Coca Cola en el desierto. No me lo explico.

La única conclusión a la que puedo llegar es que es una representación de lo que puede obtenerse pasando por encima de los otros, arriesgando la vida por una golosina o un trozo de cartón, pues en medio de la euforia, quien está pegando a la piñata en turno, no mide la fuerza. La gente se expone a un batazo en plena cabeza. Y una vez que cae el contenido de la piñata al suelo, el chiste es no dejar nada, no escoger a ver qué premio te gusta o no te gusta, el chiste es apañar todo lo que tus manos y brazos abarquen - y en algunos casos, la panza y las piernas-. Es inconcebible. No me gusta ver cómo las mamás más decentes, esas que cuidan el impulso de sus pequeños y los previenen del peligro, se quedan con las últimas migajas, tal vez lo que rebota hasta sus pies, y mirando a sus hijos insatisfechos por tener en manos un sólo dulce. No es justo.

La alegoría de la piñata reflejada en la vida misma me hacen pensar que cuando me sienta enferma, mejor no voy a ningún lado, porque pensar de más siempre me hace sufrir...aunque nunca puede ser tan malo...

lunes, 16 de marzo de 2009

Pensando en las mujeres...

Hace una semana se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. No me interesa tanto cuándo ni cómo se inició la señalización de esta fecha como un día específico en el que las mujeres deberían ser reivindicadas, revaloradas y dignificadas no sólo por las personas del sexo opuesto, sino también por las mismas congéneres; pero el caso es que miré la fecha en el calendario y decidí que no podía ni quería dejar pasar el día como uno más en el año. Trataré de decir por qué.

Un par de posts anteriores, hablé de una amiga, esa que se dedica a arreglar el mundo antes que arreglar su propia existencia... -y se lo respeto, pues muchos hacemos lo mismo en algún momento de nuestras vidas-. Bueno, pues ella me informó del aniversario de la muerte de Ernestina Ascencio, una mujer indígena de edad avanzada que fue violada por militares y que falleció a causa de las lesiones provocadas en el acto. Si bien yo no desconocía ese caso, reconozco que ya lo había olvidado, como se olvidan tantas cosas en una sociedad posmoderna que siempre necesita a gente aguerrida como mi amiga para que nos refresquen la memoria.

Miles de noticias me han llovido, por encima de la muerte de Digna Ochoa, o del secuestro de Lidia Cacho, o de Las Muertas de Ciudad Juárez, cuyo macabro título ya parece tan folklórico como la Leyenda del Callejón del Beso. Muchas noticias que suplen a las anteriores, y las convierten en parte de un negro pasado que cada vez se convierte en una larga columna de hechos por estudiar y relacionar. Noticias que en no pocas ocasiones me resisto a leer, a escuchar o debatir, noticias que me dan cuenta de que en México y en el mundo pasan muchas cosas terribles, de que las mujeres somos víctimas de innumerables humillaciones, abusos y vejaciones; noticias que me dicen claramente que la Liberación de la Mujer no es más que una falacia.

Cuando tuve la oportunidad de representar a Eve Ensler, autora de la célebre investigación, libro y puesta en escena Monólogos de la Vagina, tengo que decir que me sentí privilegiada, ya que siempre me han atraído los estudios de género, aunque le he rehuído por el miedo a la presión social. Quien se dedica a defender con fiereza la equidad entre hombres y mujeres, aún sin ser feminista, se le cataloga de tal, aún sin ser lesbiana, se le dice marimacha, y aún sin ser amargada, se le declara solterona y frígida.

No sé...quizás todavía no estoy en mi momento de hacer algo por las mujeres, quizá sea mi tiempo de centrarme en La Causa de los Adolescentes, como dijera Françoise Doltò, y más adelante pueda alzar la voz en solidaridad con las personas de mi género. Pero el caso es que no quería dejar pasar la fecha, ya que estoy estudiando en una Universidad mayoritariamente femenina, y tengo el privilegio de contar con un espacio gratuito para exponer mis locuras, además de contar con un público sensible y crítico, como fueron los convocados por el cartel que tapizó los pizarrones de avisos. Entonces decidí preparar de manera urgente -en menos de una semana- una serie de textos y canciones alusivos, mismos que leí e interpreté en un concurrido recital ofrecido para los cuates y quien le quisiera caer.

La experiencia me tenía nerviosa, porque siempre he dicho que un actor se desnuda en el escenario, deja ver sus partes íntimas sin la menor necesidad de quitarse la ropa. Me refiero a la intimidad más celosamente guardada, esa que sólo unos cuantos alcanzan a conocer a lo largo de la vida, y con mucho esfuerzo.

Sabía que ahí estaría la gente que quiero -con exepción de mis amigas más cercanas, que adquirieron compromisos distintos con antelación-, pero además, una buena parte del público asistente serían completos desconocidos, o conocidos a medias, capaces de destrozar mis debilidades y aprovecharse de las mismas... ¿Por qué no incluir a las mujeres que sufren cosas horrendas en nombre de un Dios? ¿Por qué no incluir a las mujeres violadas, a las presas y a las discpacitadas?... simplemente porque era imposible abarcarlo todo.

En el Medio Oriente las mujeres deben cubrir su anatomía con el tradicional hiyab, y alejar a los hombres de toda tentación mundana, además de obedecerlos ciegamente y soportar el yugo que como amos y señores tienen puesto sobre ellas. Miles de seres humanos han muerto por no someterse a esas leyes de origen religioso.
Pero bueno, entendamos que bajo esa cultura, los preceptos del Corán son incuestionables, y aunque en nuestro mundo occidental lo que sufren esas mujeres, sea una aberración, la gran mayoría de ellas viven con abnegación de santas lo que su doctrina les tiene escrito, y pretender cambiar tradiciones milenarias es como querer regular la intensidad del sol.

Por ello quise hacer un trabajo íntimo, desde mí misma, algo que retratara mi propia realidad y la de la mayoría de las mujeres que me rodean. Por eso surgieron alusiones a la mujer intelectualizada, esa que se ha equiparado tanto con el hombre, que a veces llega a confundírsele con uno, o peor aún, con otra cosa indefinible. También incluí a la mujer ilusionada por el amor ideal, a la mujer seductora, a la mujer maltratada, la mujer anciana que vive de recuerdos, a la mujer madre, la trabajadora, la que saca adelante a sus hijos, inclusive la mujer campesina, la que sufre injusticias, la que vive en la miseria, y por último, la mujer de la vida actual, esa que estudia, trabaja, arregla la casa y paga las cuentas al mismo tiempo que lee el periódico, los libros, se entera de lo que pasa en el mundo y le preocupa, esa que se vuelve histérica, pero que no pierde su capacidad de amar.

Repensar el papel de la mujer desde MI propia realidad, me hizo caer en la cuenta de que no es necesario pertenecer al Islam para sentirse algunas veces el animal más despreciable de esta tierra. Muchas veces las mujeres seguimos siendo esclavas, si bien no del ocultamiento de nuestros encantos, sí de la sobreexposición de los mismos. Vivimos preocupadas por parecer siempre jóvenes, bellas y exitosas, por enchinarnos la pestaña, peinarnos, ponernos luces en el pelo, usar gloss en los labios para lucir más besables, comprarnos pantalones levemente ajustados o usar un discreto escote. Y no estoy diciendo que sea necesario vestir como una sexo-servidora, sino que es un hecho que nuestra femineidad vende, por muy sutil que parezca, y aún si no tiene la más mínima intención de probar nada.

Nuestro valor como mujeres se mide en cuán bien nos vemos, en cuántas veces pelamos el diente para sonreír y parecer vulnerables o tontas, cuántas veces provocamos un halago por la buena elección del maquillaje, o la combinación de colores y texturas en el vestuario. Nuestro valor como mujeres es ante los hombres, pero sobre todo ante las demás mujeres, una competencia por parecer mejores que la otra, por parecer más deseables que la otra.

Probablemente estoy exagerando, dirán. Las mujeres NO valemos sólo por eso: también pensamos, incluso más y mejor que los hombres, que son seres prácticos y despreocupados. Las mujeres somos mucho más sensibles, somos buenas para todo, y no todas entramos en el juego de estar viendo qué tan bien luce la de al lado para tratar de superarla...

Bueno, algo hay de razón en eso, pero al punto al que quiero llegar es que la mujer actual sigue siendo esclava de su propia lucha por querer conseguir equidad con el hombre. La mujer le ha entrado a todo, y se ha convertido en un elemento fuertemente competitivo en este mundo de hombres. Bastaría mencionar a personajes como Hillary Clinton y Margaret Tatcher, por ejemplo. No sólo se compite en belleza, sino, en el mejor de los casos, en capacidades mentales.

Hablar sobre equidad de género es un tema que da para muchos, muchos bits de memoria, muchos renglones de espacio en este blog, y mucha rompedera de coco por parte de quien escribe estas líneas, pero todo podría resumirse en que hombres y mujeres somos parte de un todo, no importa si se tienen diferentes preferencias sexuales: hombres y mujeres nos complementamos, nos necesitamos para mirarnos en el espejo de la diferencia. Desde muy temprana edad nos preocupamos por gustarles a los hombres, por hacerlos sentir atraídos hacia nosotras, por llamar su atención con las más primitivas armas de seducción, y mirar en los resultados la efectividad o inutilidad de nuestra identidad permanentemente reconstruida.

Hemos venido conviviendo desde siempre con los hombres, sufriendo en mayor o menor grado las desventajas de vivir en un mundo gobernado por ellos, tratando de sobresalir con lo que tenemos, con nuestras curvas femeninas y nuestros ojos pizpiretos, esos que nunca fallan... a veces nos damos cuenta de que un debate inteligente sobre temas interesantes con un hombre, no siempre ayuda a que te respete y te admire más, y mucho menos a que desee amarte, al contrario. Muchos hombres se sienten intimidados ante la lucidez de una mujer, y se sienten más valientes frente a una simple cara bonita, pero complaciente...

Las mujeres seguimos haciendo esfuerzos indescriptibles por defender nuestra dignidad como sujetos diferentes, sólo que unas lo hacen por la vía intelectual y otras lo hacen por la vía sexual -y creo que no tengo que explicar que quienes tienen más éxito lo consiguen casi siempre por esta última vía- y aquí seguimos tratando de ganarnos un lugar en este mundo que aparenta rendir culto a cierto modelo de mujer.

¿Qué hacer? ¿Cómo actuar? ¡Quién lo sabe! De momento sólo queda continuar en el suicidio cotidiano del arreglo personal, y en el renacer continuo de la mujer hermosa... obligadamente guapa por fuera, y voluntariamente valiosa por dentro.
*

miércoles, 25 de febrero de 2009

¡Los Jaigüey al rescate! Crónica de una tragedia

¿Debe un súper héroe sentirse satisfecho lo mismo si salva a un gatito que a un enorme tren de pasajeros? ¿Importa lo mismo la abuelita agradecida que la multitud vitoreando al unísono? ¡Quién lo sabe! Lo que ahora relataré me hizo pensar mucho, mucho en las posibles respuestas.

El día de hoy me sucedió una tragedia por partida doble, triple, ya perdí la cuenta: acababa de comprar un libro y estaba por entregar dos más en la biblioteca. Dos libros rarísimos que no se consiguen fácilmente, y que ahora tendré que pagar porque juntos se fueron de viaje a las manos de quién sabe quién. Hoy viví en carne propia la desgracia de vivir en un país donde si alguien se encuentra algo, "¡Matanga, dijo la changa!, lo caido, caido"

Busqué como desesperada, siguiendo cual sabueso el rastro dejado en los lugares visitados de la Universidad. ¡Porque fue dentro de la Universidad que sucedió! Tuve que salirme de una conferencia importantísima porque simplemente no podía concentrarme. (No me la voy a acabar con mis maestros, ya los oigo. ¡Dejar con la palabra en la boca a un discípulo de Cornelius Castoriadis, nuestro autor base desde el semestre pasado!) Aquí ya iba doble tragedia.

Por suerte pude entrar al concierto de Los Jaigüey, el proyecto en el que Poncho Figueroa, bajista de Santa Sabina tiene el papel de front man. Como era de esperarse, sobraban dedos en el cuerpo para contar a los asistentes: la paradoja de mi Universidad.

El otro día vino Pedro Kominik y más de la mitad del auditorio se perdió de un orgásmico espectáculo lleno de alegría y de una hermosa voz, han venido concertistas de Bellas Artes, la rockera Teresa Estrada, entre muchos otros, y el auditorio: vacío... así ha pasado últimamente en mi casa de estudios, luego del paro de hace unos meses, de los cambios administrativos y de la habitual apatía de los futuros educadores de México. Triste, triste, y vergonzoso.

Da pena propia y ajena no cubrir las expectativas de una banda que venía -estoy segura- con toda la emoción de presentar su material en una Universidad PEDAGÓGICA. (¡Jaigüey! ¡Estos cuates han de ser super cultísimos, a ver si damos el ancho!) Y al llegar y tocar, ¿qué? Creo que de entrada Ricardo Jacob, se quería echar a correr.

-¡Gracias a ustedes que vinieron!- hablaba Poncho al micrófono
-Algunos...- murmuraba el baterista

Dos veces amenazaron con dar por terminado el repertorio antes de cubrir las diecisiete canciones anunciadas en el programa de mano, y -a Dios gracias- los pocos que estábamos no los dejamos huír. Por más de una hora y media nos permitieron disfrutar de un concepto que de entrada, se antojaba interesante: Gustavo Jacob, un flaquito con enorme parecido a un maestro de Filosofía de la UPN (Martín Hernández, saludos), de anteojos y mirada perdida en el sonido que sus dedos arrancaban prodigiosamente a la guitarra eléctrica. Parecía un tímido muchachito, de esos que no encuentran pareja para bailar en las fiestas, de hecho porque no baila, porque lo único que hace es hablar con notas y no puede entablar otro tipo de conversación... eso parecía. Pronto descubrí que era el típico "mátalas callando", de sonrisa pícara y mirada maliciosa cuando se comunicaba con sus compañeros, además, talentosísimo, y no es cebollazo.

Del otro lado el bataco, que a su vez hacía los coros. Fuerza imponente, ritmo contagioso y potente voz , el más impaciente, el cara de "ya vámonos". Probablemente hermano del otro, por el apellido, pero poco parecidos físicamente. No quería seguir, se le notaba, pero desquitó el sueldo -si es que lo hubo- muy dignamente.

Pero entonces Mr. Incredible, voz principal y bajo hizo lo que tenía que hacer: simplemente ser él mismo, y relajado nos deleitó con la hermosísima "El lenguaje del amor", una rola que me conmovió muchísimo, la riquísima "Linda motorista", que inevitablemente me llevó de paseo a la playa, y algunas más locochonas como "Pedernal" y "Qué pató?"

Descubrí a la banda de Los Jaigüey, luego de haberlos conocido "de vista" navegando por la red, recreados en los personajes de South Park y con una primitiva animación en flash, nunca había oído su música. Por suerte llegaron a bajarme del árbol donde me encontraba aterrada, pensando en mis libros perdidos y en la conferencia que será referente seguro para muchas clases y que no pude escuchar. Me llevaron por las buenas, tal vez muy a su pesar, pero me hicieron sentir muy bien, me inyectaron su música. Fue algo muy raro.

Siempre pensé que los músicos leidos y escrebidos eran tan fríos que jamás me harían vibrar como ahora. Tal vez yo estaba sensible, tal vez me hacía falta oír unas cuantas notas en lugar de palabras sabias como las del conferencista. Tal vez necesitaba perder esos libros para darme cuenta de que ya estaba perdiendo la cabeza, no sé lo que haya sido... el chiste es que Poncho y sus amigos me recordaron que aún sigo viva.

Poncho, Mr. Incredible, me quito el sombrero... ¡realmente me comunicaste con Dios! -¡jajajajaja!- ¡me llegó su mensaje! Precioso místico rockero, simpático, neto, te quiero.

...bueno, después de éste lapsus de fanatismo, emocionada porque tal vez me leerá, reitero mi agradecimiento con el grupo, y lo hago extensivo al arte en general. Los mejores momentos de la Universidad los he pasado en ese mismo auditorio, cuando después de un día difícil mando todo a la chingada y me meto a ver qué hay en ese sitio que se ha convertido en la enfermería del alma. Creo que todos en esa escuela deberían hacer lo mismo, dejarse de somnolencias y buscar el electroshock del arte...

...hoy para mí fue un mal día, y no habría valido la pena de no ser por los ojos amables de Poncho, su franca sonrisa, su enorme sensibilidad que lo convierten en un artista verdadero, y por supuesto, por la excelente mancuerna que hace con los músicos Jacob, que juntos se llaman Los Jaigüey y que hicieron conmigo su buena obra del día.
ACTUALIZACIÓN DE ÚLTIMA HORA, UNA IMAGEN DE ESA VEZ:


AHÍ SE VE MI CABEZOTA FRENTE A PONCHO :)

martes, 24 de febrero de 2009

El lado oscuro del corazón (Apología de mí misma)

ADVERTENCIA:
Si usted llegó buscando información sobre la película del mismo nombre, pierde su tiempo, este post no trata de eso. Gracias



Hace algunas semanas agregué el post que precede a éste, y después tuve la oportunidad de convivir muy de cerca con una amiga que podría escupir sobre lo que el mismo dice.

Nótese que nadie me ha pedido que dé explicaciones sobre lo antes vertido en este espacio, pero el espejo que son los otros y que me devuelve una imagen muy fuerte de mí misma, me hace tener la necesidad de hacerlo.

La postura que antes manifestara no es una actitud superficial ante la vida, tal como intenté dejar claro al hablar de los muchos males que aquejan al mundo, y que son motivo de preocupación obligatoria para todo ser humano que se precie de serlo. La postura de "ver la vida en rosa" tiene que ver, en mi caso, con un camino de regreso, no con una evasión o un estancamiento. No le doy la espalda al mundo "esperando me avisen apenas se ponga lindo", como aquél personaje de Quino. No me encierro en la burbuja dorada esperando que llegue mi príncipe azul cabalgando a rescatarme de mi encierro, mientras cepillo mi larga cabellera o me duermo durante cien años: el querer mirar que la vida es bella obedece a todo un proceso de análisis más profundo, plagado de situaciones muy difíciles y de muy duras decisiones.

Mi amiga es una mujer que lucha incansablemente por las causas sociales, no para. A menudo se le ve envuelta en más tareas de las que puede cumplir cabalmente, con su cámara de fotos colgada al cuello, retratando las incongruencias que encuentra en cada esquina, es actriz, pero va como oyente a clases de alemán, recita poemas en los camiones, organiza eventos subversivos para protestar por ésto o aquéllo, es amiga de artesanos y de danzantes aztecas, quiere juntar dinero para ir al desierto en Semana Santa y aventarse un viaje de peyote inolvidable. Está haciendo su tesis sobre el Teatro del Oprimido, vende películas de autor, va a clases de natación, está en un grupo de danza contemporánea, está montando una obra de teatro conmigo y a veces pasan días en que no llega a su casa porque se queda en casa de amigos donde le agarra la noche. Le falta tiempo y vida para hacer todo lo que quisiera hacer.

Alegre, sensual, parlanchina, y muy firme en sus ideales desde hace al menos cuatro años que la conozco, esta mujer me enfrenta conmigo misma aún sin pretenderlo. Tal es el golpe, que me encuentro escribiendo sobre ella imaginando la expresión de sus ojos y su gesto de desaprobación ante tanta melcocha absurda sobre los cuentos de hadas y el amor de pareja. Cualquiera diría que yo debería agachar mi cabeza sonrojada ante tanta actividad de ella, que debería dejar de ver historias de amor porque en mi -no muy cómodo- asiento frente a la computadora, no aspiro a cambiar ni el más mínimo porcentaje de lo que ella logra moviéndose de un lado a otro.
Me pido y me otorgo la oportunidad de defenderme porque no es cierto.

Esta mujer me diría con justa razón y sin pelos en la lengua, que el mundo es más grande que mi habitación, que por eso estoy gorda, como estarán en el futuro todos los habitantes de la tierra, esos que tendrán sus ojos rojos frente a una pantalla sin pensar un carajo, y que comerán Chips Ahoy! mientras agrandan su cintura y su trasero al mismo tiempo que empequeñecen su cerebro. Que así nunca voy a hacer nada, que si quiero mover conciencias, no voy a hacerlo desde una galería elitista, desde un blog elitista o desde una universidad elitista. Me diría que no todos tienen el privilegio de visitar el arte que está encerrado en los teatros y en los museos, y yo asentiría cabizbaja. Me diría que no todo el mundo tiene acceso a Internet y que nosotras somos burguesas por tener el privilegio de ser universitarias, que el pueblo verdaderamente necesitado, el que tiene hambre de que se le lleve al arte y el conocimiento a sus barrios y comunidades, normalmente está alejado de este mundo en el que yo me muevo y en el que pienso inocentemente que estoy haciendo algo importante...

...le daría muchísima razón, pero no toda.

Mirar a mi amiga en esas condiciones me hace recordar inevitablemente a la que antes fui, y me hace contemplar una alta probabilidad de que, si las circunstancias en mi vida hubiesen sido distintas, yo estaría junto con ella en las marchas, en la calle, platicando con los vagabundos, durmiendo en el suelo, fumando yerba y echándole siempre la culpa al gobierno y las clases dominantes. Negándome tajantemente a Televisa y TV Azteca, a Walt Disney y a Mc Donald's, procurando consumir sólo alimentos del país, fijándome que lo que me eche a la boca no sea transgénico, guardando la basura para reciclarla, disfrutando mi sexualidad plenamente y con toda libertad, despreocupándome -más- por la imagen que hay que mostrar socialmente, bañándome con menos frecuencia para ahorrar el agua del planeta y viajando de aventón por todo el país. Probablemente yo sería muy parecida, probablemente sería tan aguerrida como ella, tan loca como ella lo es a su manera, tan activa, sin nada que perder ni ganar.

Porque de verdad, no estoy en desacuerdo con nada de lo que ella está enteramente convencida. Tengo ante muchos temas, ciertas reservas, pero comparto la indignación, la inconformidad y el encono contra el abuso del poder en todas sus facetas. Comparto la idea -más que obvia- de que la gente está ciega, de que nos estamos acercando peligrosamente al mundo distópico que tanto han predicho escritores y cineastas, y estoy cierta de que si uno tiene conocimiento, hay que compartirlo, que no se puede uno quedar de brazos cruzados si como dice Silvio: "Dar con una razón, alumbra deberes". Y ya que estamos desde hace un rato con el trovador cubano, recuerdo aquélla canción "Debo partirme en dos":

"Yo también canté en tonos menores,
yo también padecí de esos dolores,
yo también parecía cantar como un santo,
yo también repetí en millones de cantos:
Te quiero, mi amor, no me dejes solo,
no puedo estar sin tí, mira que yo lloro...
Pero me fui enredando en más asuntos,
y aparecieron cosas de este mundo:
fusil contra fusil, la canción de la trova,
y la era pariendo se puso de moda.
Debo partirme en dos, debo partirme en dos.
Unos dicen que aquí, otros dicen que allá,
yo sólo quiero decir, yo sólo quiero cantar
y no importa que luego me suspendan la función..."

Ese era un himno en mi vida, cuando dejé de sentirme de la high sin serlo, y me empecé a vestir de huaraches y morral, con muchos colores y ropa artesanal estilo Frida Kahlo. Cuando, aún habiendo hecho un poco de lado el terciopelo negro, tenía el alma tan dark como ésta página, cuando todo me enfadaba, todo me producía una amargura y una depresión galopantes, cuando -incluso hace poco, en plena carrera- llegaba a mi casa a llorar por haber elegido una profesión que llegué a creer inútil, utópica, obsoleta. Podía haberme cortado las venas por sentir que no servía de nada estudiar la ciencia de la educación en un país como éste y en un momento como éste.

Por eso digo que la decisión de focalizarme en lo bello de la vida es un camino de vuelta, que no es que quiera estancarme en ese estadio. Descubrí que prefiero vivir la vida en rosa que vivir estacionada en el lado oscuro del corazón, mismo que también tiene su encanto y que momento a momento me equilibra cuando quiero volar muy alto. Respeto a mi amiga y admiro lo que hace, le aplaudo la valentía y la determinación que muy poca gente tiene en estos tiempos desoladores, pero ante todo le agradezco que aún sin saberlo, me ha confrontado, me ha hecho dar la vuelta y replantear lo dicho. Llego al mismo punto: por ahora he decidido vivir así, ya que basta que algo se ponga de moda para que me fastidie, y yo, ya estoy cansada de sentirme emo... aunque... creo que podría hacer todavía más por mi mundo ensombrecido por lo gris de la desesperanza.

lunes, 2 de febrero de 2009

Mi vida en rosa (Apología de la Telenovela)

ADVERTENCIA:
Si usted llegó buscando información sobre la película del mismo nombre, pierde su tiempo, este post no trata de eso. Gracias



¿Qué sería de las almas solitarias, los desadaptados sociales y los insatisfechos sexuales si no existiera la telenovela? El mundo seguro sería aún peor.

No se espante usted con mis palabras, que yo sé que a través de la historia se ha demostrado que las telenovelas tienen gran culpa de la educación sentimental de los pueblos, y que a pesar de que el género ha dado vida a muchas de las mejores historias jamás escritas, el cine y la televisión han conseguido que el melodrama se abarate, se acorriente y se degrade.

Tendrán que estar de acuerdo conmigo en que cuando una historia se lee, las sensaciones son más ricas, más intensas, dado que cada quien le pone de su cosecha personal características que sólo uno conoce, sólo uno valora, sólo a uno le emocionan. Por eso nos gustan las novelas, las obras de teatro, la poesía, por eso hay Best Sellers que hablan no sólo de las cosas que uno se pregunta sobre los misterios de la vida, sino que pueden ser universales porque tienen "eso" que engancha, y que hace que miles o millones de personas alrededor del mundo se identifiquen con esas letras. Por eso Corín Tellado, conocida como "la inocente pornógrafa" es la mujer que ha vendido más ejemplares de su obra en el planeta, sólo después de Shakespeare y de la Biblia, según dicen los datos duros.

Porque el mundo necesita el amor, necesita creer, necesita aferrarse a un sueño, a una fantasía.

Con la creciente desilusión que dejan las religiones al estar sustentadas en políticas humanas y no divinas como presumen, con la impotencia que deja en los marginados la certeza de que haciendo lo que hagan, no cambiarán de esfera social por más que se esfuercen, sólo quedan en esta vida dos caminos a seguir: la esperanza o la violencia...a veces el primero lleva al otro, pero el segundo jamás llevará al primero.

Me explico mejor: el ser humano tiene la capacidad de imaginar, de ver lo que no se ve, de percibir lo que no es palpable, y no hace falta ser artista o genio para tener esa sensibilidad, todos la poseemos. Como diría Silvio Rodríguez, y dice bien: "yo he preferido hablar de cosas imposibles, porque de lo posible, se sabe demasiado". Así pasa cuando leemos una novela, un cuento o una historia de ficción, somos capaces de depositar ahí nuestros anhelos, nuestros miedos y nuestros más hondos secretos, podemos creer en un amor que es posible muy a pesar de toda adversidad. Podemos soñar con que, sin importar nuestro físico, nuestro oficio o nuestra clase social, tenemos la posibilidad de amar y ser amados, de encontrar esa media naranja que nos valore como personas, como individuos únicos e irrepetibles... y eso es lo que nos hace tener la esperanza en un mundo mejor, en que llegará el día cuando los seres humanos se den cuenta de la verdadera esencia de la belleza, y cuidarán el tesoro de la vida como lo que es: un verdadero milagro.

Eso es lo que a quienes vivimos en el ensueño nos mueve para intentar violentar conciencias, para querer sacudir las almas de aquéllos que nos leen, que nos oyen, que nos miran actuar. No empezamos al revés, en la violencia desnuda, sin sustento, dolorosa y lastimera, no. Empezamos soñando, creyendo a pesar de la adversidad, a pesar de los golpes de realidad que nos amoratan el rostro cada vez que salimos a la calle o encendemos el canal de las noticias. No se vale empezar la mañana enterándonos de a quién mataron y por qué causas injustas pasó, cuando debiéramos oír un disco de música clásica al despertar y tratar de mantener esa armonía hasta la tarde y noche, intentando ser mejores.

Y no estoy hablando de evadirse de lo que pasa, no señor. La realidad nos muerde, no podemos dejar de sentirla porque entonces ya no seríamos seres humanos, sino otra cosa muy cercana a un robot. No podemos ignorar mientras viajamos a cumplir nuestras responsabilidades, que hay basura en las calles, por ejemplo, pero no podemos ir levantando lo que otros tiran en cada esquina. No podemos ignorar que en cada estación hay un ambulante o un mendigo, pero tampoco podemos comprarle y darle una moneda a todos y cada uno de los necesitados que hallemos al paso. No podemos ignorar que hay pobreza, enfermedad, ignorancia, desigualdad, injusticia a nuestro alrededor, pero no podemos sentarnos a llorar de tristeza o rabia por cada persona que muere de hambre, por cada civil que muere en la guerra, por cada inocente que es torturado, por cada pobre que es humillado, por cada ignorante que es engañado... no es posible.

Queda endurecerse un poco, hacer de tripas, corazón, como dicen en mi México, tener la esperanza de que algo se puede cambiar poco a poco, y tener la conciencia de que nada de lo establecido se erradica de la noche a la mañana y sin que haya mártires que paguen por ello. Queda trabajar, hacer patria en cada calle, con cada persona... pero para hacer tan compleja tarea hace falta no dejar de soñar en lo más simple: el amor entre dos personas, el amor de pareja.

¿Qué si no, satisface cuerpo y alma en plenitud? Sólo el arte, dirán algunos, pero sólo cuando es reconocido y valorado por un gran número de personas que te hacen vibrar en un orgasmo de aplausos cuyo éxtasis no supera un encuentro sexual... pero si no es así, no hay cosa que iguale a la sensación de carne y espíritu satisfechos al por mayor.

¿Por qué la idea de un amor ideal es alguien que sólo tenga ojos para uno, se endiose con uno y sea cien por ciento correspondido por uno? Es sencillo: porque la gente que lucha todos los días por ser mejor persona, por sobrevivir honestamente en un mundo deshonesto, esa que entiende el valor de un abrazo y no recibe más que frialdad, tiene muy cierto que lo que está haciendo es lo correcto, que lo que piensa es razonable y justo, y por lo tanto, necesita que se le reconozca.

Por otro lado, quien ha cometido errores, pero que no ha tenido la oportunidad o el tiempo de convertirse en un ser de piedra, es consciente de lo que ha hecho mal, sabe que no ha sido correcto, y ruega por que alguien se ponga en contacto con su lado bueno, y le redima por todos los males cometidos. Por eso es que tienen éxito las novelas.

El ser humano en general busca la aprobación, la aceptación de los otros... pero como nunca vamos a quedar bien con justos y pecadores, necesitamos al menos UNA persona en el mundo que nos comprenda, que nos valore, que nos quiera tanto, que tenga ganas de abrazarnos y besarnos todo el tiempo, que sea capaz de dar la vida por nosotros, y que a la vez sea capaz de sacarnos de nuestra coraza para que nos sintamos capaces de sentir lo mismo. Una persona que aprecie nuestra compañía por encima de la compañía de cualquiera, nuestra opinión y nuestro bienestar por encima de la opinión y el bienestar de cualquiera, y que a la vez respete nuestro espacio y mantenga su distancia cuando queramos estar solos, que sea una persona segura de sí misma que a la vez nos haga sentirnos seguros de nosotros mismos: esa es la pareja perfecta.

¿No miento, verdad? Muchos habrán asentido al leer lo anterior.

El ideal de pareja perfecta se encuentra claramente retratado en la inmensa mayoría de los melodramas televisivos y en el cine. El error que han tenido muchos de ellos ha sido alejarse de una esencia cuidadosa de la historia. Si bien es cierto que los personajes secundarios y situaciones paralelas dan mucha vida a la línea principal, también lo es el hecho de que se ha abusado del uso de personas famosas, populares por lo vulgar, atractivos visuales extremos, énfasis en lo sexual y en el modelo de belleza establecido, demasiada atención en los valores que, según la época y el lugar, son considerados adecuados, de actualidad o convenientes para quienes manejan el poder -más recientemente quienes manejan un mercado que necesita sociedades consumistas y en apariencia rebeldes ante lo viejo y tradicional-.

Por eso las historias recreadas por modelos en lugar de actores, escritas y dirigidas por empresarios en lugar de dramaturgos, y publicitadas por vendedores en lugar de creativos honestos, son cada vez menos impolutas, se encuentran invadidas de basura, tanto que vuelven al producto mismo una basura.
Pero quiero retomar la pregunta del principio: ¿qué sería de quienes no nacimos con la fortuna de los que no engordan aunque se traguen la vaca entera? (en éste mundo hay que estar obligatoriamente esbeltos luego de que McDonald's y el fast food nos han hecho un daño generacional peor que la radiación en Chernobil). ¿Qué sería de quienes no poseemos las características físicas y sociales que nos dicta la moda? ¿Estamos condenados a no sentir con la misma intensidad los besos y caricias que se dan en sus rostros y en sus cuerpos perfectos quienes salen en la tele? ¿Será que no podremos jamás salir del hoyo de la ignominia o el anonimato?, ¿No debemos seguir en la ilusión de que alguna vez encontraremos a esa pareja perfecta que cubrirá todos los requisitos mencionados?

No lo sé... "ya bájate de tu nube", me dirán algunos, pero yo rescato ese tipo de telenovelas: esas que, a pesar de basarse en fórmulas dramáticas básicas, tienen su encanto en la belleza de la esperanza. Ya hablando más a título personal, ¿qué sería de mí sin Yo soy Betty, la fea, por ejemplo? Una mujer que a pesar de las burlas por no encajar en el estereotipo de belleza predominante, demuestra que su inteligencia y su lealtad son más valiosas para enamorar a un hombre que la superficialidad de las demás mujeres bellas que puedan rodearlo. ¿Y qué me dicen de Café con aroma de Mujer, anterior a la de Betty, pero de la pluma del mismo autor, Fernando Gaitán? El colombiano tiene talento y sensibilidad superiores a la de muchos escritores actuales. Una mujer puede superarse, abrirse paso en la vida y no olvidar sus raíces, ser valiente, decidida, y no por ello negarse al amor. Un hombre puede reconocerse débil, vulnerable y equivocado, entregarse al amor sin reservas y contra toda necedad de cualquier otro tipo.

Mi adorable Kim Sam Soon, "hitazo" coreano. ¿Quién dijo que una mujer gorda y mayor de edad no puede enamorarse como si tuviera quince y ser correspondida de igual forma? ¿Está mal tener ese encanto y esa ternura aún cuando ya se pasó de los veinte años? ¿No se vale amar como si nunca nos hubiesen lastimado?

Cada quién tendrá alguna con la que identifique rasgos personales en particular, pero en mi caso, las novelas que pintan la vida tal y como es, con sus matices y traiciones, terriblemente humanas, esas son mis consentidas. No creo que sea justo encerrar en una sola celda a todas las telenovelas y condenarlas al desprecio generalizado. Hay historias que son buenas así: rosas-rosas. El tratamiento de los personajes no degrada a nadie, es digno. La convención del cuento de hadas está ahí, pero jamás te olvidas de que hacer el amor con amor es posible, es lo idóneo, y es tan real como la camioneta de Salubridad llevándose salvajemente al perro callejero. Una lágrima de felicidad durante el beso es tan real como el hacha sobre la cabeza de la foca, y un abrazo que estremece por sí mismo es tan posible como la más cruel de las cosas que vemos a diario.

Así que le invito a que vea telenovelas, buenas telenovelas. Goce historias de cine conmovedoras, cursis, rosas. Lea más al amor que a los periódicos. Supere la amargura de un mundo descompuesto, y sin cerrar los ojos, siga mirando a la luna, suspirando porque es la misma que en algún sitio de la tierra, está mirando el ser que nació para estar con usted, para ser el amor de su vida.