martes, 24 de febrero de 2009

El lado oscuro del corazón (Apología de mí misma)

ADVERTENCIA:
Si usted llegó buscando información sobre la película del mismo nombre, pierde su tiempo, este post no trata de eso. Gracias



Hace algunas semanas agregué el post que precede a éste, y después tuve la oportunidad de convivir muy de cerca con una amiga que podría escupir sobre lo que el mismo dice.

Nótese que nadie me ha pedido que dé explicaciones sobre lo antes vertido en este espacio, pero el espejo que son los otros y que me devuelve una imagen muy fuerte de mí misma, me hace tener la necesidad de hacerlo.

La postura que antes manifestara no es una actitud superficial ante la vida, tal como intenté dejar claro al hablar de los muchos males que aquejan al mundo, y que son motivo de preocupación obligatoria para todo ser humano que se precie de serlo. La postura de "ver la vida en rosa" tiene que ver, en mi caso, con un camino de regreso, no con una evasión o un estancamiento. No le doy la espalda al mundo "esperando me avisen apenas se ponga lindo", como aquél personaje de Quino. No me encierro en la burbuja dorada esperando que llegue mi príncipe azul cabalgando a rescatarme de mi encierro, mientras cepillo mi larga cabellera o me duermo durante cien años: el querer mirar que la vida es bella obedece a todo un proceso de análisis más profundo, plagado de situaciones muy difíciles y de muy duras decisiones.

Mi amiga es una mujer que lucha incansablemente por las causas sociales, no para. A menudo se le ve envuelta en más tareas de las que puede cumplir cabalmente, con su cámara de fotos colgada al cuello, retratando las incongruencias que encuentra en cada esquina, es actriz, pero va como oyente a clases de alemán, recita poemas en los camiones, organiza eventos subversivos para protestar por ésto o aquéllo, es amiga de artesanos y de danzantes aztecas, quiere juntar dinero para ir al desierto en Semana Santa y aventarse un viaje de peyote inolvidable. Está haciendo su tesis sobre el Teatro del Oprimido, vende películas de autor, va a clases de natación, está en un grupo de danza contemporánea, está montando una obra de teatro conmigo y a veces pasan días en que no llega a su casa porque se queda en casa de amigos donde le agarra la noche. Le falta tiempo y vida para hacer todo lo que quisiera hacer.

Alegre, sensual, parlanchina, y muy firme en sus ideales desde hace al menos cuatro años que la conozco, esta mujer me enfrenta conmigo misma aún sin pretenderlo. Tal es el golpe, que me encuentro escribiendo sobre ella imaginando la expresión de sus ojos y su gesto de desaprobación ante tanta melcocha absurda sobre los cuentos de hadas y el amor de pareja. Cualquiera diría que yo debería agachar mi cabeza sonrojada ante tanta actividad de ella, que debería dejar de ver historias de amor porque en mi -no muy cómodo- asiento frente a la computadora, no aspiro a cambiar ni el más mínimo porcentaje de lo que ella logra moviéndose de un lado a otro.
Me pido y me otorgo la oportunidad de defenderme porque no es cierto.

Esta mujer me diría con justa razón y sin pelos en la lengua, que el mundo es más grande que mi habitación, que por eso estoy gorda, como estarán en el futuro todos los habitantes de la tierra, esos que tendrán sus ojos rojos frente a una pantalla sin pensar un carajo, y que comerán Chips Ahoy! mientras agrandan su cintura y su trasero al mismo tiempo que empequeñecen su cerebro. Que así nunca voy a hacer nada, que si quiero mover conciencias, no voy a hacerlo desde una galería elitista, desde un blog elitista o desde una universidad elitista. Me diría que no todos tienen el privilegio de visitar el arte que está encerrado en los teatros y en los museos, y yo asentiría cabizbaja. Me diría que no todo el mundo tiene acceso a Internet y que nosotras somos burguesas por tener el privilegio de ser universitarias, que el pueblo verdaderamente necesitado, el que tiene hambre de que se le lleve al arte y el conocimiento a sus barrios y comunidades, normalmente está alejado de este mundo en el que yo me muevo y en el que pienso inocentemente que estoy haciendo algo importante...

...le daría muchísima razón, pero no toda.

Mirar a mi amiga en esas condiciones me hace recordar inevitablemente a la que antes fui, y me hace contemplar una alta probabilidad de que, si las circunstancias en mi vida hubiesen sido distintas, yo estaría junto con ella en las marchas, en la calle, platicando con los vagabundos, durmiendo en el suelo, fumando yerba y echándole siempre la culpa al gobierno y las clases dominantes. Negándome tajantemente a Televisa y TV Azteca, a Walt Disney y a Mc Donald's, procurando consumir sólo alimentos del país, fijándome que lo que me eche a la boca no sea transgénico, guardando la basura para reciclarla, disfrutando mi sexualidad plenamente y con toda libertad, despreocupándome -más- por la imagen que hay que mostrar socialmente, bañándome con menos frecuencia para ahorrar el agua del planeta y viajando de aventón por todo el país. Probablemente yo sería muy parecida, probablemente sería tan aguerrida como ella, tan loca como ella lo es a su manera, tan activa, sin nada que perder ni ganar.

Porque de verdad, no estoy en desacuerdo con nada de lo que ella está enteramente convencida. Tengo ante muchos temas, ciertas reservas, pero comparto la indignación, la inconformidad y el encono contra el abuso del poder en todas sus facetas. Comparto la idea -más que obvia- de que la gente está ciega, de que nos estamos acercando peligrosamente al mundo distópico que tanto han predicho escritores y cineastas, y estoy cierta de que si uno tiene conocimiento, hay que compartirlo, que no se puede uno quedar de brazos cruzados si como dice Silvio: "Dar con una razón, alumbra deberes". Y ya que estamos desde hace un rato con el trovador cubano, recuerdo aquélla canción "Debo partirme en dos":

"Yo también canté en tonos menores,
yo también padecí de esos dolores,
yo también parecía cantar como un santo,
yo también repetí en millones de cantos:
Te quiero, mi amor, no me dejes solo,
no puedo estar sin tí, mira que yo lloro...
Pero me fui enredando en más asuntos,
y aparecieron cosas de este mundo:
fusil contra fusil, la canción de la trova,
y la era pariendo se puso de moda.
Debo partirme en dos, debo partirme en dos.
Unos dicen que aquí, otros dicen que allá,
yo sólo quiero decir, yo sólo quiero cantar
y no importa que luego me suspendan la función..."

Ese era un himno en mi vida, cuando dejé de sentirme de la high sin serlo, y me empecé a vestir de huaraches y morral, con muchos colores y ropa artesanal estilo Frida Kahlo. Cuando, aún habiendo hecho un poco de lado el terciopelo negro, tenía el alma tan dark como ésta página, cuando todo me enfadaba, todo me producía una amargura y una depresión galopantes, cuando -incluso hace poco, en plena carrera- llegaba a mi casa a llorar por haber elegido una profesión que llegué a creer inútil, utópica, obsoleta. Podía haberme cortado las venas por sentir que no servía de nada estudiar la ciencia de la educación en un país como éste y en un momento como éste.

Por eso digo que la decisión de focalizarme en lo bello de la vida es un camino de vuelta, que no es que quiera estancarme en ese estadio. Descubrí que prefiero vivir la vida en rosa que vivir estacionada en el lado oscuro del corazón, mismo que también tiene su encanto y que momento a momento me equilibra cuando quiero volar muy alto. Respeto a mi amiga y admiro lo que hace, le aplaudo la valentía y la determinación que muy poca gente tiene en estos tiempos desoladores, pero ante todo le agradezco que aún sin saberlo, me ha confrontado, me ha hecho dar la vuelta y replantear lo dicho. Llego al mismo punto: por ahora he decidido vivir así, ya que basta que algo se ponga de moda para que me fastidie, y yo, ya estoy cansada de sentirme emo... aunque... creo que podría hacer todavía más por mi mundo ensombrecido por lo gris de la desesperanza.

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