domingo, 26 de octubre de 2008

Del Halloween y el Día de Muertos

Sí, necesariamente debía incluir una entrada sobre esta celebración, la más bella y significativa del año, según quien suscribe.

Una vez en el mes de noviembre, en pleno otoño, cuando las hojas se caen recordándonos que se acerca el fin, que debemos prepararnos para otra celebración en invierno, calentar los corazones y abrazarnos todos, cuando ya han pasado las lunas de octubre, las más hermosas, esas que con el magnetismo de su cercanía a la tierra, nos preparan lentamente para menguar...una vez en octubre, un mísero día, a lo mucho un par de ellos, celebramos con la muerte.

Es noviembre el mes en que empezamos a morir para prepararnos a nacer de nuevo, a recapitular, a detener el auto, bajar y mirar un poco atrás. Vislumbramos en el camino las huellas que ha dejado nuestro paso apresurado, y extrañamos ver aquellas que pensamos que estarían, pero que el viento ya ha borrado. Noviembre es el mes de la Muerte, de mi más cercana amiga.

Hace poco murió un joven de veintitantos años, alegre y lleno de vida: así es como lo describe su pariente cercana. Luego de lamentar la pena que embargó a su familia reafirmé mi simpatía por la bendita Muerte: es la única que no discrimina a nadie. Igual se lleva a todos, sin mirar con ojos compasivos a los demás mortales hijos suyos que nos iremos más tarde.

¿Qué ganamos con ponerle apodos cariñosos como la huesuda, la calaca y otros más, como si fuera alguien cuya mirada hayamos visto? ¿Y cómo la imaginamos risueña y amable cuando la pintamos con cuencas vacías y dientes descarnados? México tiene esa cualidad de autoengaño, de evasión, y aunque a veces eso me pesa, en este caso agradezco infinitamente haber nacido aquí, en donde la representación de la muerte es así de festiva.

Ya había hablado antes de que a la patria no hay mucho que celebrarle, que para qué hacerle fiesta a lo loco, pintarse la cara y ponerse un sobrero de charro o unas trenzas multicolores, pero en este caso me gusta el sincretismo en cuanto al día de Difuntos y la celebración del Halloween, ya que esto es algo que a fin de cuentas tenemos que asumir: no podemos librarnos de ello.

Nunca me he manifestado como purista de las tradiciones, si bien algunas de ellas se están perdiendo o "haciendo virulentas", como dice una maestra mía, yo creo que cada quien festeja a la muerte o la recuerda como mejor le place, para ello hay de dónde escoger, y no podemos obligar a nadie a que deje de ir a un Halloween para que asista al panteón.

Sobre todo en las grandes ciudades como la mía, esto es francamente imposible. ¿Que la tradición sajona se apoya en el consumismo indiscriminado de la gente? Bueno, no sólo se venden disfraces de momia o vampiro, sino también flores de cempasúchitl, veladoras y calaveritas de azúcar. Si se trata de vender, todo se vende. ¿Que en las fiestas de Día de Brujas se bebe alcohol y se baila reggaetón? Sí, pero en los panteones también se bebe tequila o café "con piquete"... (para lo del reggaetón no tengo argumento).

Cierto: la celebración sagrada de la Muerte, tan mística y fascinante que tenemos por tradición prehispánica, se ha visto desplazada por las fiestas que sólo son pretexto para el destrampe y el alboroto. Yo, sinceramente, me identifico más con dar la bienvenida a los espíritus con un bello altar, que con vestirme de bruja y bailar música electrónica... pero también me gusta.

¡Qué se puede hacer! Así están las cosas. Pondré una ofrenda a mis muertos y pensaré con respeto en ellos, velaré su memoria y reflexionaré una vez más sobre el valor que tiene mi propia vida, así como acerca de las cosas que he hecho o dejado de hacer para cuidarla; pero también asistiré a una fiesta divertida con disfraces y entretenimiento para salir de esta rutina que me mata en vida. Con amigos verdaderos bailaré al son que me toquen y beberé un poquito de vino, que si ellos olvidan la importancia que tiene este asunto de festejar el lado oscuro, pues ya será cuestión suya.

¡Gracias a ti, Muerte, me gusta vivir la Vida!

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Arte en las escuelas?

El día de ayer acudí a una función de teatro en el Centro Cultural San Ángel. La puesta en escena sería una adaptación de la tragedia de Sófocles, Edipo Rey. El boleto costaba $80.00 pesos y había que estar cinco minutos antes de que iniciara la función. ¿Qué tiene esto de particular para que haya decidido dedicarle una entrada en mi blog? Pues que se trataba ni más ni menos que de una función especial para los alumnos de escuelas secundarias oficiales (hasta se me enchina la piel nada más de acordarme).

Ya el año pasado me había tocado presenciar un desagradable espectáculo en el Teatro Libanés en las mismas condiciones, y no precisamente sobre las tablas, sino desde las butacas: los alumnos en cuestión (pues la etimología latina de la palabra a-lumus: sin luz, nunca estuvo tan bien aplicada en ellos) se pasaron gran parte de la función de Medea en la risilla tonta, los molestos cuchicheos y los silbidos. Fue tal vergüenza de comportamiento, que el director de la compañía teatral se mostró a punto del infarto por tanto coraje, se desconcentró en escena y por poco manda todo al diablo gracias a un grupo de granujas que, escudándose en la oscuridad y apostados en los asientos de hasta atrás, reían y murmuraban como si estuvieran en la sala de su casa (yo ni en la sala de mi casa permito que no me dejen ver mis programas a gusto, pero bueno...).

El caso es que, aunque en menor medida, la indisciplina esta vez no fue la excepción. Los tres profesores de la materia de español que habían tenido esa genial idea, se veían impotentes ante la gran cantidad de chamacos que iban sin sus padres, instalados en la anarquía total, metiéndose en la fila cuando llegaban muy tarde, empujándose unos a otros, comiendo en plan estadio de fútbol, y chiflando por que los dejaran entrar de un momento a otro.

Yo era una madre de familia "colada" en la fila, sufriendo la embriaguez de mi observación antropológica. Por fortuna no tenía una libretita que me permitiera hacer apuntes porque no hubiera sabido por dónde empezar. A mi lado un par de mocosos insufribles se pasaban molestando a un niño moreno de semblante tranquilo que estaba formado justo detrás de mí. Al pobre niño no lo bajaban de "puto", "pendejo" y otros calificativos soeces que me lastimaban muchísimo por ver que el aludido no reaccionaba de ninguna manera.

Las chicas más guapas se valían de sus lindas caras o de sus estratégicos abrazos para conseguir un lugar privilegiado. Un par de jóvenes se metió en la fila unos lugares adelante de donde yo estaba, y al preguntarles sutilmente si estaban formados, se hicieron los locos y se quedaron ahí nada más porque se les dio la gana meterse. Como el tiempo transcurría, los mencionados chiflidos se hicieron presentes, lo mismo que la desaparición casi completa de la fila que originalmente habíamos formado con ayuda de una maestra . Una vez dentro de la sala, cada quien se empezó a sentar en donde se le antojaba, sin respetar el orden de los asientos, hubo que hacer uso del personal de seguridad del recinto para que todo estuviera más o menos en orden. Mientras tanto, el par de mocosos insufribles seguía lastimando con humillaciones al niño moreno de semblante tranquilo. Como habían quedado sentados en la misma fila que yo, bastó una mirada fulminante y un "¡Bueno, ya!" que no pude contenerme, para que la cosa quedara en paz... por lo menos en ese día. Hoy por la mañana vi al niño moreno y pude imaginar que las cosas en su vida diaria no cambiarían por esa frase, como no puedo cambiar la discriminación por completo, ni tampoco puedo cambiar lo que sigue.

La anterior anécdota me sirvió para preguntarme: Si los resultados cada vez que se invita a los alumnos a una función de teatro son desastrozos, ¿qué motiva a los maestros el quererles meter la "cultura" a fuerza, condicionando su asistencia a un impacto en su calificación? ¿Al menos podrían tener otra elección y llevarlos a ver otra cosa que no sean tragedias griegas? Digo, no es que el teatro griego sea malo, absolutamente todo lo contrario, pero estoy segura de que ni los mismos profesores (cuya edad es inferior a los treinta años, al menos en este caso) tengan ni la madurez ni la preparación para entender un texto de este nivel. ¿Cómo pretenden que un joven con las características que poseen los adolescentes de hoy día, se asombre y se identifique con los personajes, el lenguaje y las tramas del teatro clásico?

Por supuesto que la discusión de la salida giró en torno a los cuerpos de las actrices, a los contoneos de los mismos encarnando los personajes, y en que no se entendió ni madres lo que ahí arriba se dijo. ¿Recuperarían al menos en clase los elementos rescatables para darle una razón lógica a la insistencia por que fueran? ¿Mencionarían los elementos de la escritura dramática?, ¿Examinarían la original y loable forma de actuarlo en este caso, con elementos austeros como túnicas y máscaras?

-¿Qué les dijo el maestro hoy sobre la función de Edipo?
-Nada, sólo nos revisó que tuviéramos las preguntas contestadas y el boleto pegado en el cuaderno. (Las preguntas se las contesté yo porque conozco la historia, mi primogénita no entendió ni jota a pesar de que estuvo atenta)

Hay más preguntas, jamás se me acaban... ¿tuvo alguna ganancia esa salida a la calle? Estoy cierta de que, a no ser por la obligatoriedad del asunto, la gran mayoría de los padres de familia, jamás hubieran desembolsado ochenta pesos para asistir al teatro, mucho menos el doble para acompañarlos ellos mismos. En esta oportunidad, los chicos tuvieron la experiencia de conocer otro tipo de espectáculo más serio, así sea el primero y el último en sus inciertas vidas, pero...¿tuvo caso hacerles parecer el teatro como una cosa lejana, aburrida y anticuada? ¿No hubiera sido mejor llevarlos al parque a que jugaran al fútbol? ¡Y gratis!

¡Pero aún queda algo más grave! Es todavía más monstruoso desde mi perspectiva. ¿Por qué las compañías teatrales siguen haciendo estas funciones que no dejan nada al actor más que dinero? Digo, yo que ya he estado allá arriba, sé que un público que no aprecia, y que es más, termina aborreciendo ir al teatro para toda su vida, no tiene razón de ser. Ellos mismos cavan su propia tumba, sepultando el gusto por esa arte escénica, aunque refugiándose en la exigencia de los incultos profesores de español.

Estoy de acuerdo en que el teatro no debe morir, y que el actor no puede vivir de aire, pero es perversamente egoísta montar obras que no permiten que se dé esa magia indispensable para que el arte se sienta, para que los chamacos se callen la boca y salgan embobados, con ganas de más. Si quieren cobrar, que hagan algo bueno (insisto, no es que Sófocles y Eurípides no lo sean), que hagan algo congruente con el público al que van dirigido, y congruente con ellos mismos. No es posible seguir con esta idea absurda en todas las escuelas. La institución escolar tiene la obligación de acercarle al alumno espacios que tal vez no conocería por la mera iniciativa de sus familias, la escuela tiene que enseñar a vivir en sociedad, y para ello el acercamiento a las expresiones artísticas (ya no digo tanto el gusto o la apropiación de las mismas) son parte esencial de la vida humana. Pero si la escuela en vez de acercar, aleja, está alejando a los chicos de una posibilidad de conexión con lo mejor que como seres humanos poseemos: la libertad creativa.
Siento impotencia al no poder cambiar con un escrito en la web lo que sucede en cada escuela de México, pero confío en que sí puede hacerse, y en que el primer paso para hacerlo es ponerlo en palabras.

jueves, 16 de octubre de 2008

¡Larga vida a la RTP!

En mi casa le llamamos "la figura amable del camión". Cuando lo estamos esperando en la parada, o simplemente cuando lo vemos pasar, decimos que ahí va la figura amable, y es que es amable por muchas cosas.

Cuando es de todos sabido que en el transporte público viajan muchos hombres trabajadores, que no por muy trabajadores son menos morbosos ni gustan de manosear e intimidar con miradas a las jovencitas de secundaria; llega entonces al rescate el "super" RTP Sólo para Mujeres.

He de confesar que cuando recién se estrenó este servicio (cuyo nombre real es Programa Atenea), hacíamos malos chistes sobre en dónde estaban los strippers, pero después nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio, y que a pesar de la obligada polémica en estos temas, el proyecto tuvo éxito. Las mujeres nos sentimos seguras al viajar entre pura vieja. Así nos mezclamos ancianas, estudiantes, madres de familia, secretarias y mujeres trabajadoras en general. El servicio es excelente.

Por otro lado, un camión de esta ruta da servicio exclusivo en las mañanas a los chamacos de la escuela: así tal cual. Sólo recogen uniformados y padres o madres de familia con mochila al hombro y niño de la mano. Esto ha sido muy útil porque los niños y adolescentes viajan contentos de que haya un servicio especial para ellos, y quienes vamos de colados porque tenemos retoños que acompañar, también lo estamos.

Pero eso no es todo: al menos en la ruta que me ha acompañado desde hace varios años, la que va del Pedregal de San Nicolás al Metro Chapultepec, los choferes son de lo más selecto de este mundo.

Recuerdo que alguna vez le dije a un alumno:

-¿Quieres dejar de estudiar y volverte microbusero?- todo el grupo se quedó callado, como si con mi alusión ofendiera a sus padres, tíos o hermanos que trabajan de transportistas. Me di cuenta de ello y continué.- Pues si eso quieres, no tiene nada de malo, pero entonces tienes que ser el MEJOR microbusero, dar un muy buen servicio, porque mira que nos hacen falta de esos.

En el caso de los de la RTP, (cuyas siglas significan Red de Transporte de Pasajeros del Distrito Federal) son unos señores intachables. Jamás he visto a alguno infringir una ley de tránsito, echarse a jugar a las carreritas con algunos compañeros, aturdir al pasaje con el alto volumen de una música insufrible, o mentarse la madre, al contrario. Cuando se encuentran dos camiones de frente, se saludan cordialmente alzando la mano y siguen su camino, llevan música a un volumen aceptable y son cordiales con los usuarios. Algunos choferes que se conocen, se sonríen o se gritan un saludo corto, pero no se quedan a cotorrear cuando uno lleva prisa. Más bien son los de los microbuses quienes luego les echan bronca porque en una parte de la zona comparten la misma ruta, y la verdad es que no hay competencia: los camiones de a dos pesitos son mucho más cómodos, rápidos y seguros que los que cobran el doble y arriesgan tu vida.

Una vez me tocó presenciar cómo un tipejo conductor de un micro intentaba provocar al señor del camión... yo creo que estaba drogado o loquito, con esos ya nunca se sabe, pero el caso es que quería pelear por una estupidez de la que él mismo tenía la culpa, es más, lo había hecho a propósito para hacer enojar al chofer. El caso es que el del camión se comportó a la altura, a pesar de que efectivamente el otro tipo le estaba calentando la sangre. El muy imbécil se tuvo que conformar con echar elegantes amenazas del tipo "¡Donde te tope, puto!" y seguir su camino furioso. Nuestro chofer le argumentaba que no fuera necio, que no se iba a bajar a pelear, porque traía pasaje. ¡Qué honor que le den a uno su lugar como pasajero! Y no se bajó, y dejó al baboso ese con las ganas de tirar golpes.

¡Así se hace, carajo! El chofer quedó como un valiente, no como un cobarde que le sacó a los trancazos, y los que estábamos arriba, de no ser por el susto, le habríamos aplaudido de pie al caballero.

Yo no sé si el reglamento de los camiones será más estricto que el de los micros, y las sanciones en caso de incurrir en faltas sean más severas, pero sea lo que sea, está funcionando. Los señores son amables con la gente que aborda sus unidades, salvo extraños casos en que al conductor se le ve cansado y cortante, la mayoría de las veces son finísimas personas.

Sólo espero que en el sindicato que forman los respetables no se maneje de modo que puedan heredar sus plazas a los hijos, y si así lo hicieren, que la nación se los demande (jejeje). Me refiero a que si cuando los señores sean ancianos y otros conductores ocupen sus lugares, que no se pierda la cultura del buen servicio, que les hereden junto con el camión, el gusto por transportar a la gente, la dignidad de tener un trabajo de alta valía, porque en verdad que mover a los que estudian y trabajan en esta ciudad, no es cualquier cosa. Los conductores de microbuses deberían de entender que su trabajo importa, y que por eso deben hacerlo con responsabilidad.

Tampoco quiero generalizar, pues hay quienes conducen unidades limpias, respetan las señales y a las personas, pero después de subirme a un microbús conducido por un menor de edad, que llevaba a otros cuatro cabrones con caguama y vasitos de plástico en mano, oyendo reggaetón a un volumen estridente y orinándose en los asientos de hasta enfrente, ya no sé qué más esperarme de este tipo de transporte público. Los conductores de autos particulares no me dejarán mentir: estos especímenes son un dolor de cabeza, o como diría una gran amiga chilena: son un verdadero grano en el culo.
Sólo hay una crítica que podría hacerle a los camiones: que dejen de dar boletitos que sólo sirven para hacer más basura... aunque, ¡momento!, si su número de serie suma 21, fomenta que la gente se regale un beso, lo cual es también necesario en esta urbe tan falta de amor.

viernes, 10 de octubre de 2008

Comunicación del Siglo XXI

Las relaciones interpersonales son importantísimas, tal como lo he referido en repetidas ocasiones (Leer "Espacio y Tecla"). Es una necesidad de vida estar comunicados con otras personas, saber lo que piensan, lo que sienten, para mirarse en los espejos de los otros como dicen los psicólogos, y dejarse encontrar, perderse y buscarse de nuevo, así debe ser toda la vida.

Ayer me encontraba en un improvisado salón de teatro sintiéndome encerrada al igual que mis compañeros y mi director, enclaustrados en un espacio reducido y tratando de sacar el alma en nuestras improvisaciones. No sabía por qué no podía concentrarme, no quise adjudicárselo al hecho de que no había espejitos y duela que nos dieran comodidad; sin embargo encontré la clave cuando dirigí la mirada hacia la ventana: ahí estaba el bello paisaje de esta ciudad contaminada y sombría, con un sol que luchaba por abrirse paso entre las nubes de lluvia y esmog.

Probablemente no era el mejor paisaje que hubiese esperado, pero abrir mis ojos a la distancia, a las salpicaduras verdes que rodean el edificio, y mis oídos al ruido de los cláxons a lo lejos, paradójicamente me hizo conectarme más fácilmente con mi interior.

Lo mismo pasa con la escritura, y duele aceptarlo. Da miopía.

A veces uno piensa que escribir es un ejercicio intelectual y espiritual sublime que purifica el alma y libera la mente. Que puede uno comunicarse mejor a través de letras que con base en palabras improvisadas... pero ¿dónde queda el cara a cara?. Ya me lo habían advertido: se corre el peligro de decir "¿Quieres saber lo que pienso? Remítete a mi blog... léeme en tal lado... (qué flojera volver a decirlo de nuevo)"

Las letras inmortalizan las ideas, por lo tanto la hoja en blanco se vuelve una especie de Pensadero* en donde uno vacía los pensamientos que estorban para que nos dejen vivir en paz, para que haya espacio en la mente que pueda alojar las nuevas ideas.

Esto es contraproducente: puede tranquilizarte, pero puede darte amnesia gradual. Decir "si ya lo dije en mi blog, si ya tengo una tarjetota de presentación en mi página de redes sociales, ¿para qué gastar más energías en decir y demostrar quién soy yo en la vida real?... ¡¡sólo agrégame a tu Hi y listo!!" (Facebook u otros, para el caso, es lo mismo).

En mi época de juventud temprana (:P) mi madre me regañaba porque pasaba horas al teléfono con alguna de mis amigas. Me decía que si tantas cosas teníamos que decirnos, mejor fuéramos a tomar un café y así nos veríamos las caras...
¡Qué razón tienen las madres! ¡qué sabiduría la de los viejos!. Con el teléfono añorábamos las caras, pero al menos teníamos la voz. Con el Messenger podemos tenerlo todo, cara, voz y letra, pero nunca el contacto visual. No es lo mismo mirar al ojillo de una cámara cual si se estuviera sonriendo para el cine o la televisión. La mirada es importante, el ver los ojos del otro, de la otra, el ponerle la mano en el hombro o darle un abrazo. Eso es lo que se está perdiendo... aunque está dando lugar a otras formas de comunicación en donde la representación simbólica de esa persona se vuelve importante, se vuelve a veces tan especial como cualquiera otra que hayamos tocado con las manos. Esto porque sabemos que detrás del muñequito verde, hay un ser humano haciendo lo mismo que uno, mirando la corta distancia de un monitor.


Quise sentirlo monstruoso cuando vi la ilustración publicitaria que ilustra esta entrada, y tal vez en el fondo tiene algo de perverso, pero aún así quiero creer que al menos la gente de mi generación todavía tiene claro este punto que he dicho: los monitos verdes sin rostro ni extremidades, son personas, tienen características particulares que las hacen únicas...¡no quiero imaginar qué pasará en la generación que está naciendo a un mundo en donde conviven libremente las personas de carne y hueso con los entes verdes que se antojan tan macabros muchas veces!

Al igual que en mi salón reducido, la red ampliada nos ha hecho lo mismo: bajo el engaño de darnos facilidades para acercarnos, nos ha venido aislando en un mundo pequeño que aprentemente es infinito. Nos relacionamos mejor cuando nos escribimos que cuando nos vemos... no siempre es así, pero para allá vamos.

Esto es sólo una reflexión para abrir la ventana un poquito, cerrar la sesión y salir a la calle, tomar el abrigo e invitar un café, que siempre es mejor mirarse en la amplitud del espejo de los ojos del otro, observar las arrugas de su cara al reaccionar con tus palabras, leer sus labios de cerca, despedirse con un beso. Siempre será mejor eso, que checar todos los días a ver si alguien ya opinó a esto que he escrito... aunque hay que reconocer que también sigue teniendo su encanto...




*Pensadero: en el universo de J.K. Rowling (Harry Potter series), vasija de piedra poco profunda dentro de la cual hay una luz plateada de color blanco brillante que se mueve sin cesar. Sirve para ser depositario de los recuerdos que uno extrae a placer del cerebro con ayuda de una vara mágica.

jueves, 2 de octubre de 2008

In memoriam

(Extracto fiel de uno de mis diarios de adolescencia. Octubre de 1993)

"Recuerdo muy bien la marcha in memoriam por los 25 años de aquélla masacre: deberíamos iniciarla y efectuar el recorrido del mismo modo que aquélla "Marcha del Silencio", que ayudò a despertar muchas mentes en aquellos días.

Deberíamos vestir todos de negro, cosa que nos agradó, ya que Santiago y yo vestíamos siempre de ese color y nos gustaba el misticismo y la onda "dark". Nuestros compañeros de Fresno nos apodaban "los Monsters", dado que nuestro look llamaba mucho la atención dentro de un ambiente de "punketos" y demás broza. Cada vez que entrábamos en el salón, un grupo de alumnillos desfachatados tarareaba la música de los Locos Addams, acompañada del popular chasquidito con los dedos, lo cual fingíamos nos molestaba, cuando en realidad para nosotros representaba un halago.
Para efecto de la marcha deberíamos permanecer en completo silencio, tratando de emular la Marcha original, y si creíamos no poder contenernos, había que pegarse la boca con cinta adhesiva.

Desde el principio la marcha resultó para nosotros dos una gran aventura: nos fuimos en un camión secuestrado desde la calle de Fresno, en la colonia Atlampa, donde se ubica dicha escuela, hasta el punto de partida, en las afueras del Museo Nacional de Antropología e Historia. Una vez ahí, caminar por todo Reforma hasta la Alameda Central y de ahí entrar por Bellas Artes rumbo al Zócalo.

Santiago y yo nos divertíamos empleando para comunicarnos un lenguaje parecido al de los sordomudos que nos habíamos inventado desde la prepa anterior. Nuestra marcha parecía tener una gran cobertura, ya que sobrevolaban helicópteros de varias redes noticiosas, y por todos lados se sentían "flashazos" de reporteros que intentaban sacar una palabra de las amordazadas lenguas, lo cual para nosotros era muy novedoso, ya que nunca habíamos participado, por así decirlo, de un evento de tal magnitud.

No alcanzábamos a sentir en lo más mínimo el por qué de nuestro andar, hasta que, llegando al palacio de Bellas Artes, casi ya a la entrada del Zócalo, los dirigentes de la marcha comenzaron a gritarnos "¡Compañeros: abajo las mordazas, vamos a gritar ahora!"
Y así Santiago y yo tuvimos que pasar de ser un par de "acarreados", a darnos cuenta de lo que estaba sucediendo alrededor... en las aceras múltiples ancianos, ex dirigentes o testigos de aquél suceso sangriento, alzaban desde sus sillas de ruedas, o desde sus muletas sosteniendo extremidades amputadas, la "V" de la victoria, en señal de repudio a la matanza, y de orgullo por haber estado en aquél movimiento estudiantil del pasado.

Mis ojos, (ya que hablaré por mí y no por mi acompañante), recorrían las aceras y se abrían por fin de la burbuja de cristal en la que se habían hallado encerrados tanto tiempo, y no pude más que sumarme al puño golpeando las puertas del cielo y vitoreando "Dos de Octubre... No se olvida"

Así concluimos aquél año entendiendo lo que para nosotros iba a ser el adaptarse a ese mundo. A partir de ese momento se desvaneció la burbuja de cristal en la cual vivía encerrada, sin vivir de cerca que existía una ciudad que gemía, y fue entonces cuando acuñé la frase que en momentos de angustia, me saca de pensamientos tontos y derrotistas, y me permite abrir los ojos: "Vivo en una de las ciudades más contaminadas, sobre pobladas, inseguras e injustas del planeta... ¿qué más le puedo pedir a la vida que un hábitat que me reta cada día a ser mejor?""