Iniciando el año y tratando de establecer una diferencia científica, filológica o filosófica entre lo que significa ser ingenuo, pueril o inocente; quisiera tener argumentos sólidos para defender la importancia de ir a ciegas en este mundo en el que es imprescindible mirar más allá... pero no los tengo.Tan solo este blog se vanagloria hasta cierto punto de ver lo que otros no, de ser "el tuerto", basándose sólo presumiblemente en el débil cubo de hielo de la intuición... pero a veces eso no es suficiente para salir vivo de una sociedad tan perra, tan cancerbera de mil cabezas.
Uno cae al mundo con un par de candorosas alas blancas, sintiendo que en el cielo hay un guardián que todo el tiempo se ocupará de cuidarnos la espalda, pero de cualquier forma que nos toque vivir la vida, son las distintas circunstancias que nos rodean, las que se encargan de desplumarnos dolorosamente-el dolor de sentir cómo se arranca una pluma es intenso, ya sea que nos lo hagan con sutileza o bien con la más violenta agresividad-.
Creo yo que los seres humanos llegamos así, buenos por naturaleza, como decía Jean Jacques Rousseau, pero a diferencia de él, no creo que podamos volver tan fácilmente a esa bondad natural con que hemos nacido. Sé que genéticamente hay predisposiciones a ser más o menos malvados, que la ciencia ha avanzado tanto en ese sentido, que me debatiría con cientos de datos y evidencias el hecho de que unos nacemos menos buenos que otros; así que no discutiré eso, al contrario, lo acepto sin chistar. Lo que digo es que: unos más tiempo, otros "el suficiente", pero todos somos inocentes y simples alguna vez en la vida. Cuando alguien, algo o todo contribuye a que seamos desplumados, no existe un pegamento que adhiera a la piel esas alas que cuando adultos llegamos a exhibir tan ajadas y rotas, que parecen no servir más. Otros irreemplazablemente las pierden...
Repito que desearía decir que la detentación de ciertas plumas en la espalda, cierto rastro de inocencia no es sólo útil, sino que necesario en la vida diaria: uno debe mirar más allá, por supuesto, y obviamente eso no se logra sin haber perdido mucha de la belleza de esas alas; pero tampoco es bonito quedarse sin nada, sin sueños, sin fe.
No obstante, vivir la vida agarrado sólo de eso es duro: se debe tener una tolerancia a la frustración muy grande, y una fuerza interior enorme para salir adelante y seguir pensando en que las cosas pueden mejorar. Hay que informarse, vivir, desgarrarse, aventarse, poner la cabeza en las fauces del león, y eso lastima la inocencia, la vuelve vulnerable a ser quemada de un sólo flamazo, desangrada hasta desaparecer, mancillada, lesionada... Además ser ingenuo tampoco sirve de mucho si uno se mezcla entre gente abusiva, celosa, hipócrita y frívola.
Por ello no faltará quien me diga que se tiene que crecer, que hay que aprender y ambas cosas no son gratuitas: que perder la inocencia es el precio de la sabiduría. Que no es bueno quedarse encerrado en los sueños, perderse en el propio mundo, sabiendo que el de afuera es el que gira, el que manda, el que dice qué sí y qué no. Dirán que no es recomendable en absoluto ser crédulo, confiado, esperanzado y tonto. No es bueno ser tonto.
¿Se vale soñar, entonces? ¿Volar de repente con las alas torpes, tambaleándose entre toda esta polución? ¿De qué servirá si no va a faltar una circunstancia adversa que nos haga toser, cansar y querer bajar?... O en el peor de los casos, algo nos ayudará a que como Ícaro lleguemos tan alto que luego tengamos que dar el porrazo sin remedio alguno... y arrastrarnos en el suelo recogiendo los restos, si es que aún nos importa...
Hoy comienzo el año con las alas rotas... un poquito más que de costumbre. No sé si fui ingenua, inocente o pueril. Dicen que ser esto último a cierta edad es imperdonable...pero no estoy pidiendo indulgencia.
Sé que el mundo es terrible, y cuenta de ello la dan los diversos agujeros que tengo en mi envergadura, las heridas y los parches sobre ellas, la sangre aún escapándose en algún lugar discreto, el dolor que no se ve mientras no se extiendan.
Soy responsable de este dolor, y también soy consciente de que debo ir por más. No sólo eso, sino que como un patriota aguerrido quiero ir al frente para no perderme el combate. Sin embargo aquí sigo ahora, sin ser para nada una persona bondadosa al cien por ciento, sin poder regresar al origen y hacer de cuenta que nunca me han lastimado, pero eso sí: resistiéndome a defender mis alas con todo el coraje del mundo, por simple instinto, por mera intuición de hielo, como si no necesitara actitud científica o filosófica para entender que valen la pena, que hay que conservar lo más que pueda y mientras se pueda.
¿Cuántas plumas menos tendré al final del año que hoy llega? ¿Hallaré la cura o el curandero que me ayude a restaurarlas? Muchos hay que ya me ayudan, pero son pocos en comparación con ese feroz ejército que se empeña en destrozarlas. Vayamos a ver quién gana...
*
¿Se vale soñar, entonces? ¿Volar de repente con las alas torpes, tambaleándose entre toda esta polución? ¿De qué servirá si no va a faltar una circunstancia adversa que nos haga toser, cansar y querer bajar?... O en el peor de los casos, algo nos ayudará a que como Ícaro lleguemos tan alto que luego tengamos que dar el porrazo sin remedio alguno... y arrastrarnos en el suelo recogiendo los restos, si es que aún nos importa...
Hoy comienzo el año con las alas rotas... un poquito más que de costumbre. No sé si fui ingenua, inocente o pueril. Dicen que ser esto último a cierta edad es imperdonable...pero no estoy pidiendo indulgencia.
Sé que el mundo es terrible, y cuenta de ello la dan los diversos agujeros que tengo en mi envergadura, las heridas y los parches sobre ellas, la sangre aún escapándose en algún lugar discreto, el dolor que no se ve mientras no se extiendan.
Soy responsable de este dolor, y también soy consciente de que debo ir por más. No sólo eso, sino que como un patriota aguerrido quiero ir al frente para no perderme el combate. Sin embargo aquí sigo ahora, sin ser para nada una persona bondadosa al cien por ciento, sin poder regresar al origen y hacer de cuenta que nunca me han lastimado, pero eso sí: resistiéndome a defender mis alas con todo el coraje del mundo, por simple instinto, por mera intuición de hielo, como si no necesitara actitud científica o filosófica para entender que valen la pena, que hay que conservar lo más que pueda y mientras se pueda.
¿Cuántas plumas menos tendré al final del año que hoy llega? ¿Hallaré la cura o el curandero que me ayude a restaurarlas? Muchos hay que ya me ayudan, pero son pocos en comparación con ese feroz ejército que se empeña en destrozarlas. Vayamos a ver quién gana...
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