miércoles, 7 de enero de 2009

Ser madre, ¿para qué?

Si conoce o ha conocido a alguien con este caso, o usted misma se encuentra en una situación parecida a la siguiente, le dedico el presente escrito.

Es usted de una mujer joven de menos de 25 años, tuvo una relación sexual fortuita (o varias) y ahora sospecha que ha quedado encinta sin saber qué hacer. Con el hombre que le ayudó a formar esa cosa en su vientre, no sabe si podrá contar del todo, y tal vez cuente usted con el apoyo de su propia familia, pero seguramente la noticia no les caerá nada bien. La decisión está en sus manos, el aborto ahora es legal, se encuentra en perfecto tiempo de practicarse un legrado en un lugar seguro. Si lo prefiere puede hacerlo en secreto, limpiamente y sin hacer líos, seguramente le saldrá menos costoso en comparación con una larga vida que empieza en pañales y quién sabe en qué se termina.

Pero si su instinto materno se ha despertado, si le mata la curiosidad de saber cómo saldrá del horno ese pastelito que cocinaron usted y el susodicho con su mezcla de ingredientes genéticos, o si simple y sencillamente su religión no se lo permite, entonces prepárese a dar a luz y váyase haciendo a la idea.

De principio relájese, que cuando una anda por la vida con una panzota de cinco kilos, la gente empieza a sonreírle a uno en la calle. Ya no se es la jovencita rebelde y provocativa que antes era, la que causaba envidias en las mujeres y chiflidos en los hombres por donde andaba, no, ahora se es una Futura Madre... y váyase acostumbrando, que será el estreno del título de "Señora".

De usted dependerá que, aunque aparente seguir siendo el diminutivo de tan ambigua palabra, sepa usted llevar con dignidad ese mote que algunos modifican maliciosamente quedándose en "seño" ('pa no entrar en detalles' dicen las más finas personas). Si es usted vanidosa, y aunque no lo sea, cuídese mucho. No hace falta dinero en exceso para mantener la lozanía de la juventud con el primer hijo. Simplemente coma bien, moderadamente, evite a toda costa los vicios y haga ejercicio. Si no tiene acceso a una constante supervisión médica, déjese guiar por el instinto y proteja su barriga, no se malpase ni haga muchos esfuerzos... para eso están los consejos de la abuela o de alguna vecina metiche que se las sabe de todas, todas.

Procure mantenerse activa tanto física como mentalmente. El cambio en su cuerpo será una experiencia inaudita: ¡le apuesto que nunca imaginó que traería las tripas a la altura del pecho con tal de hacer espacio a la nueva criatura! Pues así como se oye, se siente. Por eso las náuseas, los mareos, el sentimentalismo. Hay un drástico cambio hormonal que nos hace ponernos chillonas o muy irritables, pero no se chiquee con antojos, que eso sí es pura mentira.

Siga los consejos que su intuición femenina le indique son los correctos. Todo el mundo querrá meterse en la educación del hijo desde antes que nazca, decidirán cómo vestirle, qué hay que enseñarle y cómo nombrarle, pero sólo obedezca a quienes parezcan no tener segundas intenciones con sus sugerencias, tenga en cuenta si esas personas que aconsejan tienen hijos bien educados o no.

Ahora bien. Lo enunciado anteriormente hágalo si -y sólo si- ya pensó en la pregunta del millón: ¿Para qué quiero ser madre?

Recuerde que partimos del supuesto de que el producto que espera no fue en ningún momento deseado, y mucho menos planeado. No importa si está casada, soltera, con novio o sin él. El caso es que le ha llegado de sorpresa.

Si usted va a ser madre nada más "a ver cómo sale el pastel" (color de ojos, piel, facciones, etcétera) y regodearse de ser una "buena cocinera", mejor olvídelo todo. Tuve una alumna que me confió en una ocasión "Decidí tener al hijo porque el padre era muy guapo y el recuerdito que me dejó salió muy bonito."... perdóneme lo abrupto de la expresión, pero si usted coincide con ella, es usted una perfecta imbécil. No puede uno tener hijos para presumir su belleza física. Mejor ahorre y cómprese ropa, un auto o algo que sea presumible. Un hijo no es para presumirse.

Y por si le dejó pensando esta última frase, venga, que acá se la confirmo: un-hijo-no-es-para-presumirse. No, señora. Absténgase, cuando tenga al hijo, de hablar maravillas de él o ella. Que si es limpio, obediente, estudioso, trabajador, agradecido, o lo que sea. Créame que a nadie le importa. Si su hijo "le salió bueno", ya hablarán sus acciones, su comportamiento ante los otros, su conducción por la vida. Usted no tiene que andarse llenando la boca de lo bueno que a usted le parece su propio hijo o hija.

Pero íbamos por partes... ¿para qué diablos quiere usted ser madre? ¿Va a usar los argumentos que le dí al principio? ¿Me dirá que siendo madre ganará un lugar digno en la sociedad y dejarán de verla como una adolescente perdida (en caso de que así haya sido)? ¡No me salga usted con eso! Que la gente que no la quería antes, no la querrá a usted ahora que la vean con su panza. Tal vez serán hipócritas, pero no sinceros. ¿Que trayendo a la criatura en brazos no tendrán corazón para irrespetarla? ¡Permítame que me ría! Si bien es cierto que el fruto de sus entrañas no tendrá la culpa de los errores que usted y/o el padre cometieron, sí será el que habrá de pagarlos. Eso es simplemente inevitable. Y si usted quiere aminorar la desgracia de ese pobre angelito, tendrá que ser muy fuerte, ser mejor de lo que ha sido, probablemente necesite abandonar su vida de antes con tal de evitar a toda costa que la desgracia caiga en su cabeza. Créame, no es fácil.

Usted pensará que el presente escrito es para espantarle el instinto materno, que nada más me falta decir que no es obligatorio ser madre para realizarse como mujer, y es muy cierto, eso me faltaba decirle. Toda mujer sana está biológicamente diseñada para ser madre, pero eso no quiere decir que toda mujer sana esté preparada también psicológicamente. Y eso no es cuestión de edad, sino de cierto grado de madurez afectiva y social. Algunas mujeres no están hechas para ser madres y punto, no importa que un espermatozoide haya fecundado uno de sus óvulos.

¡¡¡POR FAVOR, ABORTE!!! si no tiene ni la más remota idea de qué hacer con un crío, si no se siente capaz de sobrellevar ni su propia vida, si cree que aún le falta vivir y conocer cosas para estar preparada, si considera que extrañará su vida de ahora, que le será casi imposible renunciar a lo poco o mucho que ahora tiene. Y también aborte por muy religiosa que sea, si lo único que le hace detenerse es la noción de "crimen" que le dicta su iglesia. Preferible extraer la semilla que apenas crece y no siente dolor, que matar en vida a un hijo que va a tener que amar por obligación y no por convicción. Le juro, no se va a arrepentir.

...¡y por si ya lo estaba pensando!, esto que ha leído no tiene la finalidad de erradicar la maternidad de la faz de la tierra, pero sí de ayudar a combatir la mala maternidad. Porque ser buena madre ¡no tiene nada de malo!, aunque le suene algo absurdo.

¿Quiere usted que le hable de las bondades de convertirse en madre? Dígame si está dispuesta a leer una novela de seiscientas hojas o más. La decisión de ser madre es, para quienes la asumimos desde lo más profundo de la conciencia, el paso más importante de toda la vida. Es magia pura, es tan real e inexplicable como Dios mismo.

¿Ya fue usted madre sin preguntarse para qué? ¡Vamos! Que nunca se está a destiempo. Llore por lo que no ha hecho, pero que el llanto le abra los ojos, se los limpie, se los desempañe. No quiera hacer como que nada ha pasado, como que el estado de embarazo fue solo un sueño y ahora el hijo o hija es una quimera, una alucinación de la que aún no ha caido en cuenta.

No es así. Su pequeño o grande retoño es una realidad avasalladora. Usted ya no es la misma de antes ni volverá a serlo jamás. Le costará trabajo darse cuenta de que es usted madre. A menos que tenga más hijos, el despertar va a ser lento y pesado, pero siempre palpable y real.

Déjeme contestarle yo la pregunta de la forma en que algún día me respondí:

Es usted madre para sembrar una semilla de esperanza en el mundo, así como lo está leyendo. Un hijo bien criado puede ser un futuro gobernante, un futuro artista, un futuro hombre de paz. Use su imaginación para pensar en que puede ser también todo lo contrario, y que TODO depende de usted. No le eche la culpa a las malas compañías si usted no intenta ser lo suficientemente abierta y clara para explicarle lo que es un buen amigo.

Recuerde que en su mayoría, los triunfos de los hijos hablan de nuestros aciertos, pero sus fracasos hablan de nuestros errores. PIÉNSELO BIEN. Hágase esta pregunta una y mil veces mientras esté a tiempo de dar marcha atrás, recuerde que es de sabios cambiar de opinión, y si usted tiene una sola razón para convertirse en cabeza de familia, mejor no lo haga. Las razones deben ser diversas, deben ser muchas, porque la maternidad le afectará todos los aspectos de su vida: el social, el sexual, el laboral, el emocional, el económico, el psicológico, el biológico y todos los que se le ocurran.

Ésto sólo fue un grito desesperado que expulso ahora porque me ha rondado en la cabeza esta pregunta después de ver que las madres lo son cada vez menos por vocación y lo son más por tradición, lamentablemente como todo...

domingo, 28 de diciembre de 2008

La Navidad que vino y se fue

Desde hace un par de años que no logro darme cuenta cuando ronda el espíritu navideño en el ambiente. De no ser porque desde el mes de septiembre ya nos coquetean los centros comerciales con adornitos rojos y dorados, ni siquiera me imaginaría que tengo que prepararme para la época en la que tanto solía emocionarme allá por mi tierna infancia.

Este año sí fui definitivamente el Grinch de mi familia: no hubo adornos de colores, ni árbol ni nacimiento, y fui la única que no entré al intercambio de regalos por muchas razones.

En primer lugar, no tengo dinero. Mi situación económica está más muerta que nunca y en estos tiempos parece ser que no tener poder adquisitivo es casi lo mismo que no tener espíritu navideño. Por otro lado, mi familia está cambiando: quienes antes éramos una bola de primos jóvenes y divertidos, ahora somos adultos con hijos y familias que no siempre nos caemos bien del todo. Y por si esto fuera poco, me ha agarrado una gripe galopante que me ha tenido tirada en cama disfrutando literalmente la enfermedad.

Obligada a distanciarme del fenómeno navideño por motivos económicos, sociales y emocionales, pude analizar más fríamente todo lo que pasaba a m i alrededor: intercambios entre amigos, compañeros y simplemente conocidos. Entré a un par de ellos en la escuela porque no quería verme grosera, pero la Navidad no me entusiasmaba. Me integré a un grupo coral en donde hice el ridículo en mi solista porque la garganta ya me estaba avisando que se iba a poner en huelga, y sí, como es de adivinarse, entonamos villancicos vacíos, no por eso menos bellos.

Es bien sabido que quien más se esfuerza en regalar, es el que menos recibe, así es que yo esta vez no hice ni el intento de buscar cosas bonitas a quienes me tocó darles, era un simple detallito que esperaba agradecieran, pues además de que el bolsillo no me daba para más, tampoco el ánimo me ayudaba.

Además de las que se hacen en todos lados, en mi calle hubo una posada y yo, junto con mi prima darketa, fuimos las únicas en no salir al convivio entre vecinos. La gente ya no le pone más luces a su casa porque no le caben. Estamos en plena era de ahorrar energía, y les vale gorro. Hasta unos vecinos de la esquina se colgaron del cable del poste para vender sus series navideñas, con los consabidos apagones que esto trajo como consecuencia sin que nadie -más que yo- hiciera denuncia a Luz y Fuerza. ¿Creen que vinieron? Yo no sé, pero si vinieron, seguramente los sobornaron para dejarlos seguir igual, porque no han dejado de vender foquitos hasta el mismo instante en que escribo estas líneas.

Así pasaron los días apurándome a entregar todos los trabajos y pendientes de la universidad para quitarme de preocupaciones, viendo en todos lados las tiendas a tope, con gente a la que se le va a venir la crisis dura porque se gastaron hasta lo que no han ganado, comprando cosas irrelevantes con el simple ánimo de acabarse un dinero que ya les quemaba las manos. Así fui una mera espectadora del fenómeno consumista compulsivo, pero ya estando en el mero día 24 pude sentir el peso de la gran fecha.

Católica por tradición, acostumbraba ir devotamente a misa ese día del año, pero esta vez ni mi madre que es tan creyente tuvo ganas de ir. Hicimos una cena breve para tres personas, nos peleamos sentadas en plena mesa y logramos sacar el estrés que nos estaba consumiendo.

Tales cosas nos hicieron pensar en lo duro de la situación. Hubo llanto en memoria de las noches cálidas de abrazos entre familia, llenos de risas, regalos y -si no abundancia- sí suficiencia. Sin embargo a través de todo ello, en medio de la aparente soledad, la media luz y el dolor de cabeza, descubrimos el espíritu navideño.

Pudimos reflexionar sobre lo importante de estar juntos en familia, de tener una modesta cena que degustar y un techo en dónde cubrirse el frío. Valoramos lo que cada uno tiene para dar, más allá de las curiosidades comerciales que en todos lados ofrecen. Vimos televisión y nos burlamos de los que lucen gorros de Santa Claus y desean hipócritamente una Nochebuena gloriosa.

Hoy, aunque aún resuenan campanas navideñas hasta el 6 de enero, la Navidad ya se fue... huele a que se está secando, a que habrá que guardar todo. Afortunadamente hoy no sacamos las figuritas del nacimiento que ya han de estar rotas e incompletas, no gastamos luz de más adornando las ventanas, ni tendremos el fastidio de quitar un árbol cuyas esferas se revientan en las manos.

Tal vez el otro año haya posibilidad de hacerlo, y ánimos, y vida. Por lo pronto hoy redescubrimos la Navidad, y simbólicamente, creo que algo nuevo nació en nuestros corazones.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Humor en tiempos de cólera

Quedan pocos buenos comediantes en la televisión mexicana. Cada vez que uno enciende esa caja en busca de un pequeño rato de sano esparcimiento, lo primero que se aparece es la cara de un bigotón fastidioso llamado Jorge Ortiz de Pinedo, quien, aunque tiene varios años sin grabar programas de comedia, se sigue enriqueciendo con porquerías como La Escuelita, que vende fantasías sexuales a los pedófilos que se excitan con las niñas de uniforme. Los programas de este señor están cargados de albures baratos y poco ingeniosos, de chistes malíiisimos y de humillación hacia los profesores que son los patiños ahí, y en todas las escuelas públicas de mi terruño.

Por otro lado, el Show de los Comediantes recoge un formato estadounidense del típico entretenedor de bar, cuya labor es decir chistes viejos y mal contados con tal de hacer reír a la gente que tiene unas copas de más -o bien unas neuronas de menos-. Por las filas de este programucho pasan los poco talentosos Carlos Espejel, Mara Escalante, Jaime Rubiel, entre otros.

Los hay "chistocitos", que en un sketch de cien, logran hacer reír sólo un poquito, tales como Carlos Eduardo Rico, Teo González o Tony Balardi, pero la mayoría de las veces lejos de ser chistosos, son francamente desagradables, tanto, que me hacen enojar en lugar de hacerme reír, con eso lo digo todo.
Y es que a pesar de querer rescatar el ambiente de las carpas; ese acercamiento con el pueblo que tenían los precursores como Palillo o Cantinflas, esa conciencia popular de que hacían gala los talentos clásicos, se ha perdido con el paso del tiempo. La gente va a beber un trago y a olvidarse de las penas... y no me queda claro cuál será el verdadero beneficio del asunto. En tiempos tan monstruosos donde todo el mundo se engorila por cualquier cosa, provocar una carcajada es una tarea titánica, siempre y cuando sea una risa consciente y valiosa, pues de nada sirve una risa tequilera y absurda.

Volviendo a la tele, Eugenio Derbez podría salvarse porque es cómico nato, inteligente y simpático, pero su pareja de escena, Consuelo Duval es definitivamente insoportable. Adal Ramones y sus colaboradores no eran malos, pero obedecían a ciertas líneas políticas y sociales de Televisa, lo cual les hizo ir perdiendo la credibilidad lenta y paulatinamente hasta hacerla desaparecer. Roberto Gómez Bolaños, el dinosaurio del humorismo obsoleto, tenía que exhumar a su Chavo, y recrearlo en modernos dibujos animados, constituyendo otro escupitajo en la cara de quienes buscamos humor fino. ¿Ejemplos? Claro que sí, cómo no: los argentinos Les Luthiers, el cubanoVirulo, el mexicanísimo Germán Dehesa o el propio Mauricio Herrera, que ha engalanado un par de veces la Fábrica de Risas o no sé bién cuál de esos programas que invaden la tele abierta. Lamentablemente para ver a estas personas, tiene que pagarse un cover, donde va incluido el chance de pensar y reír para no llorar.

Víctor Trujillo, Ausencio Cruz, Andrés Bustamante, inclusive Héctor Suárez, son de los buenos comediantes de que podemos presumir en esta tierra, pero el primero se dedicó a otros asuntos en los que no luce tan bien como vestido de Brozo o de La (inolvidable) Beba ; el segundo, seguramente haciendo teatro o cabaret (donde están los meros buenos); el tercero ya se cotiza y sólo se deja ver en eventos deportivos; y el último se ha aburguesado tanto que parece ser otra persona.
Se extraña el BUEN humor en la televisión: el fallecido Miguel Galván era un actor verdadero, con el carisma y la personalidad necesarios para convertirse en un ícono de la comedia en México, pero como bien dicen que de lo bueno, poco, se nos tuvo que adelantar para dejar un digno legado de actuaciones junto a sus compañeros de La Hora Pico, cuyo equipo de actores -entre los que figuran buenos talentos- a veces saca puntadas que pasan la prueba... claro...sólo si ignoramos a las odiosas de Las Nacas , y a unos cuantos chistes bobos que le ponen como relleno.

Por otro lado, está La Casa de la Risa, un show muy tonto y vulgar en donde lo único rescatable se llama Nora Velázquez, quien junto con Jojojorge Falcón son dinamita pura. Lo demás sin entrar en detalles, es pura basura, empezando por el horrendo personaje llamado La Chupitos que es denigrante y grotesco. Su caracterización con la de Chabela no tiene comparación: como sea y con quien sea, la idea de La Chabelita es simplemente explosiva.
Como ahora que estoy enferma, lo único que me hizo reír fue esta graciosa actriz, puedo hablar de que el concepto de la señora devota hasta el paroxismo, la que se ahoga en la culpa por pensar que todo es pecado, la que en el fondo está consciente de la hipocresía que enseña la Iglesia, es de lo mejorcito que he encontrado últimamente en tele.

La mujer es comiquísima, tiene guiones bien marcados, personalidad definida y unos albures muy bien manejados con el excelentemente bien trabajado morbo de los personajes (ya que siempre interactúa con un sacerdote con el que supuestamente va a confesarse). El padre, quien debe ser muestra de rectitud y sabiduría, es un cochambroso de marca que cada vez que se encuentra a la llorona de Chabela, padece la tortura de ver su negra mente evidenciada, y la devota, que supuestamente parece sucia y pecadora, se reivindica en cada sketch como la más inocente de las creyentes.

Y bueno, pues como en mi casa sólo hay una tele, en algunos momentos me veo obligada de paso a conocer la existencia de estos programas, y el momento de La Chabelita es un momento de risa segura. Yo no sé si mis escasos lectores sean tan corrientitos como yo, pero en el personaje de Velázquez, hay una aguda inteligencia que nos hace recordar que ya nada es lo que parece.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Educar la mirada... lo que no se dice, pero se ve.

El título de este blog y la temática del post anterior era la ceguera, así como la intención de querer mirar aunque sea un poco más allá a través de una cualidad de tuerto entre tanto invidente. Pero no había pensado en términos de Educar la Mirada, título de un seminario que vino a dar a mi Universidad, la reconocida investigadora argentina Inés Dussel en compañía de Patricia Ferrante y que concluyó el día de ayer.

Debido a que empezaba el día lunes y se me hacía imposible faltar a mi clase porque debía entregar un trabajo, y que el jueves había una conferencia magistral sobre la educación por competencias (totalmente actual); decidí no inscribirme en él aunque me interesaba demasiado. No me había percatado de que la propaganda decía "A la Comunidad Académica", es decir, que sólo era destinado a los profesores e investigadores de la UPN.

Sin embargo el martes salí temprano de clases y de un edificio a otro, mi compañero y amigo Moisés, me saludó de lejos. Cuando vi en dónde se encontraba, debido a que había un cartel del evento pegado afuera, decidí acercarme y preguntar si todavía era tiempo de inscribirse y participar. Mi amigo que es alumno y fotógrafo, y que de algún modo se había incorporado al evento, me presentó a la organizadora, quien me preguntó cuál era mi nombre únicamente como un dato para saber si le sonaba conocido... como no fue así, se limitó a decirme que sólo me aceptaría como oyente. Accedí a la propuesta en el entendido de que el cupo era limitado y la ponente, importante.

No dudé en participar desde la primera oportunidad, pues el tema me apasiona y he pensado mucho al respecto. Tal vez debido a que no llegué a la primera sesión y no hubo tiempo de presentarme, mis participaciones enontraban eco en el vacío y en ocaciones alcancé a sentir como que eran ignoradas por la mayoría. De principio comencé a sentirme una tonta, creyéndome el entendido imaginario de que por ser una estudiante no estaba a la altura del pensamiento de aquéllos maestros que tomaban el curso... pero después me di cuenta de que no era cierto. Yo no estaba diciendo cosas más tontas que las que ellos decían, e incluso a veces repetían mi idea inicial sólo que con otras palabras.

La maestra que me aceptó como "oyente" (es decir, que oye sin decir nada); me dijo el primer día, tras notar mi atrevimiento al hablar: "¿Vas a asistir al resto de las sesiones? Entonces te entrego constancia, pero si me fallas un sólo día, ya no te entrego nada"

Sumisa contesté que sí, que mi intención era participar los tres días restantes, de un total de cuatro. Lo siguiente no se lo dije, pero lo pensé: "si además de darme la oportunidad de aprender, me regalan un papel que lo hace legítimo, para mí está más que perfecto".

Vinieron las dos sesiones siguientes y seguí participando. Comenzó a importarme menos el hecho de que los presentes pudieran preguntarse internamente "¿Ésta quién se cree? ¿De dónde diablos salió?" Hubo profesores que sólo vi en una sesión o en dos, y que seguramente, recogerán constancia y se pararán el cuello diciendo que conocieron a la Dra. Dussel y aprendieron mucho de sus investigaciones, pero no estuvieron presencialmente ni aportaron nada en la retroalimentación.

Ese último día, la misma maestra que me había prometido la constancia, me abordó para decirme "Finalmente lo lograste, ¿verdad?"

En el momento no entendí lo que aquélla frase quería decirme. ¿Logré exactamente... qué? ¿"Salirme con la mía"? ¿Colarme en un evento diseñado únicamente para los académicos, cuando el papel que se les designó a los alumnos fue el de sirvientes, preparando el café y cargando las galletitas?

No me pareció justo en lo absoluto. No me considero una tonta por el simple hecho de apenas estar estudiando una licenciatura. Estos espacios deberían dejar de ser tan elitistas, y los maestros callarse la boca y no llenarse de discursos de inclusión, respeto y tolerancia que sólo son palabrería vacía.

La Doctora y su asistente, sin embargo, me trataron igual que a todos ellos, no sentí discriminación alguna, y al parecer se fueron satisfechas diciendo que habían aprendido mucho de esta experiencia. No lo dudo: espero que hayan podido ver la arrogancia de ciertos sectores de maestros (no son todos, por supuesto), que se creen que por tener un título de maestros o doctores, están perdonados de tener que aprender cosas nuevas. Nadie hizo preguntas, no externaban dudas, sino opiniones -yo me abstuve un poco por prudencia-, pero todos llevaban la actitud de "entiendo perfectamente", "eso yo ya lo sabía". Sólo uno de ellos tuvo la decencia de agradecer el curso, cuando los demás se querían poner "al tú por tú" en conocimiento con la invitada. ¡Por favor! Yo aprendí muchísimo, se me espantaron ciertos demonios que me jalaban el pelo de noche, y no precisamente por ser una alumnita inculta, sino porque la verdadera intención del seminario no era otra que esa: aprender.

Yo no sé... no quiero que el presente escrito suene despectivo o sentido, porque nunca he sido de tomarme las cosas muy personales, pero sí me valgo de este mi espacio, para denunciar la realidad que existe entre los sectores docentes de la mayoría de las instituciones públicas (y no sé si también privadas) de mi país. La UPN me ha dado enormes satisfacciones, y estoy convencida de que es la institución de donde salimos preparados los mejores pedagogos, pero por desgracia la brecha generacional todavía pesa mucho. La gente en general necesita sentirse importante al menos por instantes poco duraderos, ejercer cierta actitud de poder a la primera oportunidad, no importa si eso los hace caer en la incongruencia entre sus palabras y sus actos.

De este modo urge educar los ojos de los maestros, la visualidad de la que hablaba Dussel, el punto de vista, la postura que se toma para mirar. No hay que ponerse en el centro del panóptico y sentirse el vigía que ascendió a ese puesto para nunca bajar. Hay que dejar los binoculares para ver de cerca, agacharse a mirar con la lupa, quitarse los tacones y ponerse zapatillas deportivas de vez en cuando, sentirse de nuevo aprendiz y no catedrático.

Pienso dar un curso para profesores que aborde esta problemática, y de entrada no condicionaré las constancias, pediré llevar jeans y zapatos bajos como único requisito.

Los maestros presumen diciendo que les encanta aprender de sus alumnos, pero siempre y cuando esta acción no sea voluntaria, siempre que el dichoso aprendizaje sea una chispa de iluminación que ellos captan de algún comentario inocente o de alguna acción reveladora; pero una vez que haya una estudiante que esté explícitamente ahí para enseñarles algo, a ver cuántos van, y cuántos continúan hasta terminar el curso.

Todavía es un proyecto en la mente que me surgió a partir de esta experiencia, y que pienso llevar a cabo en algún momento no muy lejano. Ojalá pueda surgir algo bueno, porque el sistema docente de mi país parece haber criado cuervos en vez de alumnos, aunque yo no diría que fuimos nosotros precisamente quienes les sacaron los ojos, pero fueron ellos mismos quienes los cambiaron por ojos de vidrio, tan fríos y endurecidos, que de nueva cuenta hace falta hacer sangrar.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Paradojas de la vida: Ceguera, mi punto de vista


El miércoles pasado asistí al cine a ver el más reciente filme de Fernando Meirelles, la adaptación cinematográfica del libro que inspira el subtítulo de este blog: Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago.

En Ceguera pude apreciar en imágenes visuales lo que fueran imágenes mentales hace aproximadamente cinco años cuando leí la novela. Recordé episodios que había guardado en la memoria remota, y reviví la emoción que sentí al pasar cada página, pero no había tenido un tiempo y un espacio para sentarme a escribir sobre la dura temática que aborda el escritor, y la excelente dirección que hizo el cineasta.

Lo sorprendente fue que al tercer día que pasé por el cine, la película ya no estaba en cartelera. De momento me sorprendió porque duró muy poco tiempo, tal vez una sola semana, pero después entendí que a la gente no le gusta pagar un boleto para reflejarse, asquearse y horrorizarse de sí misma. El caso es que quien tuviera en sus manos la adaptación fílmica del libro, no tenía una tarea muy fácil.

Para empezar, se dice que Saramago no tenía intenciones de ceder los derechos debido precisamente a la degradación que del ser humano se relata en sus líneas, esta debía ser una película muy cruda y desesperante que no sería aceptada fácilmente, como ciertamente ocurrió en Cannes, donde las críticas no fueron buenas para Ceguera; aunque finalmente mi admirado portugués aceptó que se adaptara la novela, condicionando que la ciudad no fuera reconocible y que se usara un perro grande para interpretar el personaje de El Perro de las Lágrimas (por mucho, mi personaje favorito).

Así, Meirelles escogió un reparto internacional con el fin de representar un microcosmos de la sociedad mundial, ya que incluyó caucásicos, negros, latinos y orientales. Yo no lo había entendido así cuando vi la película, de hecho no me había imaginado al primer ciego como un oriental, ni rubia a la mujer del médico, pero entré en la convención propuesta y terminó conmoviéndome lo mismo.

Por respeto a quien no haya leído el libro no contaré aquí la trama, para dar oportunidad de que se acerquen a la literatura de este señor que, aunque algunos rehuyan por decir que se ha puesto de moda, la verdad es que vale la pena leerse por muchas razones presentes en varios de sus libros, y mismas que ya descubrirán cuando lo lean. Sin embargo no puedo poner el tema en la mesa sin hablar sobre lo que me provocó sacarme unos nachos gratis en el cupón del cine, y no poder comerlos por mucho que me engolosinan: el desarrollo de la película no me dio la oportunidad. ¿Quién va a tener ganas de comer y atascarse con el extraqueso mientras ves mierda, sangre y mugre tan palpable que parece salpicarte desde la pantalla? No contesten... sé de gente que tiene el estómago de acero, pero ese no es mi caso.

Ignoro los criterios de los críticos de Cannes para destrozar la película, pero no deben estar lejos de los criterios que tuvo el auditorio para hacerla desaparecer de cartelera en tan poco tiempo. A la gente no le gusta verse en el espejo, a menos que este sea como el del cuento de Blancanieves, y sólo refleje lo que cada quien quiera mirar. Todos ciegos, dependiendo unos de otros, revolcándose en su propia inmundicia, abusando del de al lado, ignorando que finalmente somos iguales en algo: en nuestra irrenunciable condición humana. No obstante siempre hay alguien que lo ve todo, y a través de sus ojos observamos lo que otros ni siquiera dan cuenta. Hay quien se siente con cierto poder, pero decide no ejercerlo en contra de nadie para no traicionarse a sí mismo, aun cuando se vea orillado a sacar uñas y dientes ante la inminente injusticia.

El libro de Saramago me deslumbró, no encuentro una palabra más adecuada, era imposible no fabricarse imágenes mientras lo leía, y dada mi pasión por el cine, también pensaba en cómo sería una película basada en él, por lo que el sólo imaginar la blancura que se recreó en pantalla, me lastimaba.

No podía ser de otra manera, me parece: fueron peores los horrores que imaginé en la lectura, aunque eso sí, sin ese antecedente, la película puede ser espantosa y excesiva, pero sigue valiendo la pena. Véala usted.

domingo, 26 de octubre de 2008

Del Halloween y el Día de Muertos

Sí, necesariamente debía incluir una entrada sobre esta celebración, la más bella y significativa del año, según quien suscribe.

Una vez en el mes de noviembre, en pleno otoño, cuando las hojas se caen recordándonos que se acerca el fin, que debemos prepararnos para otra celebración en invierno, calentar los corazones y abrazarnos todos, cuando ya han pasado las lunas de octubre, las más hermosas, esas que con el magnetismo de su cercanía a la tierra, nos preparan lentamente para menguar...una vez en octubre, un mísero día, a lo mucho un par de ellos, celebramos con la muerte.

Es noviembre el mes en que empezamos a morir para prepararnos a nacer de nuevo, a recapitular, a detener el auto, bajar y mirar un poco atrás. Vislumbramos en el camino las huellas que ha dejado nuestro paso apresurado, y extrañamos ver aquellas que pensamos que estarían, pero que el viento ya ha borrado. Noviembre es el mes de la Muerte, de mi más cercana amiga.

Hace poco murió un joven de veintitantos años, alegre y lleno de vida: así es como lo describe su pariente cercana. Luego de lamentar la pena que embargó a su familia reafirmé mi simpatía por la bendita Muerte: es la única que no discrimina a nadie. Igual se lleva a todos, sin mirar con ojos compasivos a los demás mortales hijos suyos que nos iremos más tarde.

¿Qué ganamos con ponerle apodos cariñosos como la huesuda, la calaca y otros más, como si fuera alguien cuya mirada hayamos visto? ¿Y cómo la imaginamos risueña y amable cuando la pintamos con cuencas vacías y dientes descarnados? México tiene esa cualidad de autoengaño, de evasión, y aunque a veces eso me pesa, en este caso agradezco infinitamente haber nacido aquí, en donde la representación de la muerte es así de festiva.

Ya había hablado antes de que a la patria no hay mucho que celebrarle, que para qué hacerle fiesta a lo loco, pintarse la cara y ponerse un sobrero de charro o unas trenzas multicolores, pero en este caso me gusta el sincretismo en cuanto al día de Difuntos y la celebración del Halloween, ya que esto es algo que a fin de cuentas tenemos que asumir: no podemos librarnos de ello.

Nunca me he manifestado como purista de las tradiciones, si bien algunas de ellas se están perdiendo o "haciendo virulentas", como dice una maestra mía, yo creo que cada quien festeja a la muerte o la recuerda como mejor le place, para ello hay de dónde escoger, y no podemos obligar a nadie a que deje de ir a un Halloween para que asista al panteón.

Sobre todo en las grandes ciudades como la mía, esto es francamente imposible. ¿Que la tradición sajona se apoya en el consumismo indiscriminado de la gente? Bueno, no sólo se venden disfraces de momia o vampiro, sino también flores de cempasúchitl, veladoras y calaveritas de azúcar. Si se trata de vender, todo se vende. ¿Que en las fiestas de Día de Brujas se bebe alcohol y se baila reggaetón? Sí, pero en los panteones también se bebe tequila o café "con piquete"... (para lo del reggaetón no tengo argumento).

Cierto: la celebración sagrada de la Muerte, tan mística y fascinante que tenemos por tradición prehispánica, se ha visto desplazada por las fiestas que sólo son pretexto para el destrampe y el alboroto. Yo, sinceramente, me identifico más con dar la bienvenida a los espíritus con un bello altar, que con vestirme de bruja y bailar música electrónica... pero también me gusta.

¡Qué se puede hacer! Así están las cosas. Pondré una ofrenda a mis muertos y pensaré con respeto en ellos, velaré su memoria y reflexionaré una vez más sobre el valor que tiene mi propia vida, así como acerca de las cosas que he hecho o dejado de hacer para cuidarla; pero también asistiré a una fiesta divertida con disfraces y entretenimiento para salir de esta rutina que me mata en vida. Con amigos verdaderos bailaré al son que me toquen y beberé un poquito de vino, que si ellos olvidan la importancia que tiene este asunto de festejar el lado oscuro, pues ya será cuestión suya.

¡Gracias a ti, Muerte, me gusta vivir la Vida!

lunes, 20 de octubre de 2008

¿Arte en las escuelas?

El día de ayer acudí a una función de teatro en el Centro Cultural San Ángel. La puesta en escena sería una adaptación de la tragedia de Sófocles, Edipo Rey. El boleto costaba $80.00 pesos y había que estar cinco minutos antes de que iniciara la función. ¿Qué tiene esto de particular para que haya decidido dedicarle una entrada en mi blog? Pues que se trataba ni más ni menos que de una función especial para los alumnos de escuelas secundarias oficiales (hasta se me enchina la piel nada más de acordarme).

Ya el año pasado me había tocado presenciar un desagradable espectáculo en el Teatro Libanés en las mismas condiciones, y no precisamente sobre las tablas, sino desde las butacas: los alumnos en cuestión (pues la etimología latina de la palabra a-lumus: sin luz, nunca estuvo tan bien aplicada en ellos) se pasaron gran parte de la función de Medea en la risilla tonta, los molestos cuchicheos y los silbidos. Fue tal vergüenza de comportamiento, que el director de la compañía teatral se mostró a punto del infarto por tanto coraje, se desconcentró en escena y por poco manda todo al diablo gracias a un grupo de granujas que, escudándose en la oscuridad y apostados en los asientos de hasta atrás, reían y murmuraban como si estuvieran en la sala de su casa (yo ni en la sala de mi casa permito que no me dejen ver mis programas a gusto, pero bueno...).

El caso es que, aunque en menor medida, la indisciplina esta vez no fue la excepción. Los tres profesores de la materia de español que habían tenido esa genial idea, se veían impotentes ante la gran cantidad de chamacos que iban sin sus padres, instalados en la anarquía total, metiéndose en la fila cuando llegaban muy tarde, empujándose unos a otros, comiendo en plan estadio de fútbol, y chiflando por que los dejaran entrar de un momento a otro.

Yo era una madre de familia "colada" en la fila, sufriendo la embriaguez de mi observación antropológica. Por fortuna no tenía una libretita que me permitiera hacer apuntes porque no hubiera sabido por dónde empezar. A mi lado un par de mocosos insufribles se pasaban molestando a un niño moreno de semblante tranquilo que estaba formado justo detrás de mí. Al pobre niño no lo bajaban de "puto", "pendejo" y otros calificativos soeces que me lastimaban muchísimo por ver que el aludido no reaccionaba de ninguna manera.

Las chicas más guapas se valían de sus lindas caras o de sus estratégicos abrazos para conseguir un lugar privilegiado. Un par de jóvenes se metió en la fila unos lugares adelante de donde yo estaba, y al preguntarles sutilmente si estaban formados, se hicieron los locos y se quedaron ahí nada más porque se les dio la gana meterse. Como el tiempo transcurría, los mencionados chiflidos se hicieron presentes, lo mismo que la desaparición casi completa de la fila que originalmente habíamos formado con ayuda de una maestra . Una vez dentro de la sala, cada quien se empezó a sentar en donde se le antojaba, sin respetar el orden de los asientos, hubo que hacer uso del personal de seguridad del recinto para que todo estuviera más o menos en orden. Mientras tanto, el par de mocosos insufribles seguía lastimando con humillaciones al niño moreno de semblante tranquilo. Como habían quedado sentados en la misma fila que yo, bastó una mirada fulminante y un "¡Bueno, ya!" que no pude contenerme, para que la cosa quedara en paz... por lo menos en ese día. Hoy por la mañana vi al niño moreno y pude imaginar que las cosas en su vida diaria no cambiarían por esa frase, como no puedo cambiar la discriminación por completo, ni tampoco puedo cambiar lo que sigue.

La anterior anécdota me sirvió para preguntarme: Si los resultados cada vez que se invita a los alumnos a una función de teatro son desastrozos, ¿qué motiva a los maestros el quererles meter la "cultura" a fuerza, condicionando su asistencia a un impacto en su calificación? ¿Al menos podrían tener otra elección y llevarlos a ver otra cosa que no sean tragedias griegas? Digo, no es que el teatro griego sea malo, absolutamente todo lo contrario, pero estoy segura de que ni los mismos profesores (cuya edad es inferior a los treinta años, al menos en este caso) tengan ni la madurez ni la preparación para entender un texto de este nivel. ¿Cómo pretenden que un joven con las características que poseen los adolescentes de hoy día, se asombre y se identifique con los personajes, el lenguaje y las tramas del teatro clásico?

Por supuesto que la discusión de la salida giró en torno a los cuerpos de las actrices, a los contoneos de los mismos encarnando los personajes, y en que no se entendió ni madres lo que ahí arriba se dijo. ¿Recuperarían al menos en clase los elementos rescatables para darle una razón lógica a la insistencia por que fueran? ¿Mencionarían los elementos de la escritura dramática?, ¿Examinarían la original y loable forma de actuarlo en este caso, con elementos austeros como túnicas y máscaras?

-¿Qué les dijo el maestro hoy sobre la función de Edipo?
-Nada, sólo nos revisó que tuviéramos las preguntas contestadas y el boleto pegado en el cuaderno. (Las preguntas se las contesté yo porque conozco la historia, mi primogénita no entendió ni jota a pesar de que estuvo atenta)

Hay más preguntas, jamás se me acaban... ¿tuvo alguna ganancia esa salida a la calle? Estoy cierta de que, a no ser por la obligatoriedad del asunto, la gran mayoría de los padres de familia, jamás hubieran desembolsado ochenta pesos para asistir al teatro, mucho menos el doble para acompañarlos ellos mismos. En esta oportunidad, los chicos tuvieron la experiencia de conocer otro tipo de espectáculo más serio, así sea el primero y el último en sus inciertas vidas, pero...¿tuvo caso hacerles parecer el teatro como una cosa lejana, aburrida y anticuada? ¿No hubiera sido mejor llevarlos al parque a que jugaran al fútbol? ¡Y gratis!

¡Pero aún queda algo más grave! Es todavía más monstruoso desde mi perspectiva. ¿Por qué las compañías teatrales siguen haciendo estas funciones que no dejan nada al actor más que dinero? Digo, yo que ya he estado allá arriba, sé que un público que no aprecia, y que es más, termina aborreciendo ir al teatro para toda su vida, no tiene razón de ser. Ellos mismos cavan su propia tumba, sepultando el gusto por esa arte escénica, aunque refugiándose en la exigencia de los incultos profesores de español.

Estoy de acuerdo en que el teatro no debe morir, y que el actor no puede vivir de aire, pero es perversamente egoísta montar obras que no permiten que se dé esa magia indispensable para que el arte se sienta, para que los chamacos se callen la boca y salgan embobados, con ganas de más. Si quieren cobrar, que hagan algo bueno (insisto, no es que Sófocles y Eurípides no lo sean), que hagan algo congruente con el público al que van dirigido, y congruente con ellos mismos. No es posible seguir con esta idea absurda en todas las escuelas. La institución escolar tiene la obligación de acercarle al alumno espacios que tal vez no conocería por la mera iniciativa de sus familias, la escuela tiene que enseñar a vivir en sociedad, y para ello el acercamiento a las expresiones artísticas (ya no digo tanto el gusto o la apropiación de las mismas) son parte esencial de la vida humana. Pero si la escuela en vez de acercar, aleja, está alejando a los chicos de una posibilidad de conexión con lo mejor que como seres humanos poseemos: la libertad creativa.
Siento impotencia al no poder cambiar con un escrito en la web lo que sucede en cada escuela de México, pero confío en que sí puede hacerse, y en que el primer paso para hacerlo es ponerlo en palabras.